Una manzana llena de gusanos


Cuando el año pasado nos congratulábamos, como comentábamos en “Crónica de un descenso anunciado“, del giro positivo que había tomado la cantera, hubo unos cuantos reticentes -cenizos- que aseguraron que lo único que estábamos gozando era de una prodigiosa combinación de una generación extraordinaria, un técnico visionario y una buena dosis de suerte.

Por desgracia, el reciente descenso combinado de Real Madrid Castilla y Real Madrid C ratifica esta sensación de desasosiego, de irrelevancia a nivel administrativo, de desatendimiento institucional; de lograr objetivos a base de la cabezonería y el amor propio de unos pocos más que al esfuerzo combinado de una gran institución como el Real Madrid.

Y por supuesto, certifica que los pasos dados en la dirección correcta no son más que una mera e inestable ilusión.

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Vaya por delante y antes que nada, que una servidora sí que se cree eso de que La Fábrica es una de las mejores (si no La Mejor, con mayúsculas) cantera del fútbol mundial. Pero de igual forma, no me cabe la menor duda de que es una de las peor administradas y más maltratadas por los que se supone que deberían ser sus guardianes.

La aparición de una generación sobresaliente (los Carvajal, Jesé, Morata, etc.) no exime a toda una directiva de una gestión lamentable, basada en amiguismos y en intereses personales. Comprar una licencia para que el segundo filial pudiese militar en Segunda División B no exime al club de desentenderse por completo del desempeño de la cantera y de la consecución de estratégicas y objetivos realistas, efectivos y de futuro.

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Garantizar la libertad del técnico del Castilla a la hora de emplear sus métodos de entrenamiento no exime de responsabilidad al presidente del Real Madrid. La responsabilidad de haber permitido pulular, por un órgano tan vital para un club de prestigio como es su cantera, a un director cuyo primordial objetivo fue, desde el minuto cero, penalizar y finalmente expulsar al profesional que ponía en riesgo su propio cuello. Un director que ha provocado situaciones inverosímiles como plagar una plantilla que debía competir en Segunda de retales descartados por otros equipos de inferior categoría o provocar la salida de los pilares del equipo -y jugadores de confianza del entrenador- con el objetivo de minar la credibilidad del este.

Decir que La Fabrica funciona mal no sólo no es una acusación, si no que es exponer una Verdad con ‘v’ mayúscula; una evidente, prolongada y extremadamente dañina.

En la actualidad, el Real Madrid ha estado configurando sus plantillas a trompicones, sin la opinión de los técnicos expertos, mediante coacciones y amenazas más propias de una mafia que de una reputada compañía. Y sobre todo, y especialmente, comprometiendo el futuro de los principales filiales ofreciendo contratos irreales, permitiendo a sus jugadores una exigencias desorbitadas con el único propósito de maquillar sus propios errores de bulto.

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La Fabrica, entendida como una factoría de localización y formación de talento futbolístico, es una maquinaria precisa y bien engrasada que ha probado en numerosas ocasiones su éxito: subidas al primer equipo, jugadores formados en el Real Madrid en los principales equipos de España y Europa, entrenadores como Toril o Ramis, descubrimiento de jóvenes talentos como Jesé o Medrán, fichajes de probada importancia como Quini o Burgui. Todos estos y muchos otros son ejemplos perfectos de que en la cantera blanca existe un capacitado personal experto en sus tareas, que ejecutan a la perfección sus funciones.

El problema es, como en tantas otras ocasiones, una estructura absurdamente jerarquizada, con forma de pirámide invertida, donde una alta directiva -colocada a dedo y sin mérito alguno en sus currículums para merecer semejante puesto- toman decisiones basadas en el beneficio y enriquecimiento propio, y que siguen campando a sus anchas sin revisión ni castigo, situados en la parte del club donde menos incordian a los que mandan, pero destrozando poco a poco la cantera desde dentro.

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En resumen: una manzana sana, vigorizante y magnífica que se pudre, poco a poco, invadida por los gusanos.

No hay que restar, por supuesto, su parte de culpa en el castigo a jugadores y entrenadores, que aportaron su granito de arena a esta serie de catastróficas desdichas que han terminado con el descenso. Sin embargo, su responsabilidad es nimia y su desentendimiento, si lo hubiese, hasta comprensible, ante la completa inoperancia de los que realmente pueden hacer algo.

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Toda crisis es también una oportunidad, y esta crisis de la cantera blanca es una estupenda oportunidad para quemar hasta los cimientos, no una estructura que sigue adelante con talento, ilusión, cariño por un escudo y no pocos éxitos, sino una directiva que son nuestro mayor enemigo, y que duerme con nosotros en nuestra misma cama.

Imágenes: RealMadrid.com, Beatriz Cobos, As.com, ABC.es

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