El orgullo más grande

Una final -y más una final que te da la Décima Copa de Europa- tiene múltiples lecturas, interpretaciones y sentimientos. Algo tan inmensamente grande como lo que sucedió ayer en el Estadio Da Luz de Lisboa podría dar para millones de visiones, una por cada uno de los corazones madridistas que latieron, sufrieron y galoparon a la vez que Di María firmaba el famoso sprint que nos daba la victoria.

En una final, más que nunca, quedan de manifiesto las diferentes formas de vivir y sentir a un equipo. Desde el madridista de cuna, al que tiene como primera opción otros colores, pasando por el que sigue principalmente a un jugador. Está el que se cabrea si su futbolista favorito no juega y está el que sólo se preocupa de que los once tíos alineados sobre el césped vistan -con permiso del portero- de riguroso e inmaculado blanco. Está ése al que le importa un carajo la cantera.

Y estamos, claro, nosotros.

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Hay muchas formas de vivir el madridismo y todas son igualmente válidas. Pero la nuestra es ésta. La del aficionado que no sólo cuenta los títulos del primer equipo; la del que está pendiente también de ascensos y descensos, de torneos de fútbol 7, ligas de División de Honor y Copas Campeones. Hay gente a la que una derrota en Segunda, 2ªB o Tercera le fastidia casi tanto como la de todo un Clásico. Los que no entendemos el Real Madrid sin incluir a todos y cada uno de los filiales que componen su cantera.

Ayer sucedieron muchas cosas después de que el pitido final diera paso a la gloria y al infierno del mayor derbi madrileño que jamás vieron los tiempos. Uno puede quedarse con la euforia desatada de unos, con la derrota orgullosa de otros, con el alivio de Iker o con la apoteosis de un central de Camas que nació con la Décima en su destino. Se puede alabar la ejemplar actitud de ambas aficiones, y la deportividad que -salvo alguna salida de tiesto- mostraron ambas plantillas a pie de campo. Y por supuesto, con las celebraciones; en el césped, en el vestuario, en la Cibeles. Los Reyes de Europa, ebrios de su propio éxito.

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Y allí, entre ellos, los cuatro. Distintas trayectorias, distinto peso en el equipo, distinta vestimenta: a dos el pitido final los encontró en traje, y a dos en uniforme de combate. Dani Carvajal, Álvaro Morata, Nacho Fernández y Jesé Rodríguez. Cuatro nombres, cuatro canteranos, cuatro jugadores que hace dos años llevaban en volandas al Castilla a Segunda. Cuatro chicos que ayer probablemente sintieron que cumplían un sueño: el de ganar el máximo galardón con el club de su vida.

Corazones madridistas con un futuro distinto. Para Morata, muy probablemente, haya sido su último partido con la camiseta del Madrid. De Nacho, tan discreto que nadie especula jamás sobre su futuro, nada se sabe. Una lesión impidió que Jesé Rodríguez escribiera su nombre en la historia cuando ya había derribado la mítica puerta a patadones. Pero tal honor, tal gloria, corresponde al cuarto de ellos. El niño que puso la primera piedra en Valdebebas se ha convertido en un hombre barbudo que alza la orejona sin poder disimular lágrimas de emoción en los ojos. Si La Fábrica es un jugador, ése es sin duda don Daniel Carvajal Ramos.

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Ayer Carvajal completó un buen partido, una actuación más que digna de lo que debe ser un lateral derecho titular con el mejor equipo de Europa. Y estoy segura de que ningún canteranista pudo evitar acordarse, viéndolo dejarse los pulmones en Lisboa, de sus galopadas sin fin en la banda del pequeño estadio que le vio hacerse tan grande. Estoy segura de que no sólo yo tarareaba mentalmente su canción viendo imponerse al crío que un día, no muy lejano, contribuyó a la penúltima Copa de Campeones juvenil.

Estoy segura de que no sólo yo sentí algo especial al ver a Carva ascender al podio de los héroes, o caer al suelo de rodillas tras haber defendido con orgullo su camiseta un partido más, una final más; una batalla más. Esa camiseta de la que le obligaron a desprenderse una temporada, como innecesaria muesca en su cursus honorum hacia el Bernabéu. Hacia el mayor sueño del canterano.

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Una se alegra siempre que marca su equipo, y celebraría igual una final como la de ayer que otra ganada con gol de carambola y en propia. El Madrid es el Madrid, y GANAR -así, en mayúsculas- es la única palabra que normalmente llevamos entre ceja y ceja. Nosotros no pretendemos ver lecciones morales en las victorias, ni cuestiones metafísicas en un simple pase horizontal. Nuestro cielo son los tres puntos o la copa alzada al cielo, y ni el más plástico de los empates se salva de la quema de la afición más exigente del mundo.

Una victoria es una victoria, pero siempre hay imágenes que emocionan más que otras. Siempre hay jugadores que, por diversas razones, te espolean más el afecto o el orgullo. En mi caso es el orgullo legítimo de unos chicos a los que prácticamente he visto crecer y evolucionar a distancia; quemar etapas mientras otros se quedaban en el camino, mejorar paso a paso y seguir escalando hasta rozar el éxito total con la punta de los dedos. Mi orgullo es la entrega total de un Morata que salió a comerse el campo pese a saberse más fuera que dentro; el madridismo silencioso de Nacho, tan sobrio y sólido como su juego. Mi orgullo es Jesé Rodríguez y todo lo que representa; su sufrimiento contemplando un partido que debería haber jugado por derecho.

Carva llorando

Mi orgullo son las lágrimas de Dani Carvajal. Las del día que volvió, las del Trofeo Bernabéu y las de ayer. Lágrimas de sueños cumplidos que compensan la amargura de su partida a Leverkusen y, de alguna forma, mitigan el dolor por tantos otros que no llegaron. Por tantos talentos que se quedaron en el camino por una evolución pésima, una actitud incorrecta, o una mala decisión.

Porque ésa es la realidad del aficionado a la cantera. Muchos piensan que nuestra aspiración es que suban cada temporada 10 jugadores, cuando somos los primeros conscientes -nosotros, más que nadie- de que sólo puede llegar uno. Dos o tres, con suerte. Y más de tres con situaciones y generaciones extraordinarias. De la brutal generación del ascenso, sólo Jesé y Carvajal parecen tener un futuro claro vestidos de blanco. Y así es como debe ser en un club que aspire a ser el mejor del mundo.

Ésa es la realidad y por eso cuando alguno llega, por méritos propios y sin paliativos, alegra tanto. Por eso, igual que la Novena está marcada por la irrupción de un portero destinado a hacer Historia, la Décima será el definitivo espaldarazo a la trayectoria de un lateral que escribirá su nombre en la banda.

La Décima es una victoria cuyo eco perdurará durante años, pero también el éxito de cuatro canteranos que superaron el reto de estar ahí cuando su equipo los necesitaba. Y el orgullo de los que les vimos crecer. Quizá, el más grande.

Imágenes: Realmadrid.com, As.com, Marca.com, Gettyimages.com

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