El asalto a Segunda || Balance del primer año del Castilla de Toril en la Liga Adelante.

Este artículo fue publicado originalmente en el Extra Semanal del Magazine de Martí Perarnau y escrito conjuntamente por las cuatro redactoras de este blog.

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Finalizada la primera temporada del Real Madrid Castilla de Alberto Toril en la Liga Adelante, llega el momento de hacer balance de lo que ha representado este año para técnico, jugadores y para una estructura que, cada vez más, se vertebra en los éxitos del primer filial.

No ha sido una temporada fácil a causa de diversos motivos de índole interna y externa. Sin embargo, el filial ha demostrado una considerable solidez y empaque frente a aguas turbulentas, consiguiendo estabilizar su nave sin naufragar.

A continuación analizamos algunas de las preguntas básicas: ¿de dónde venimos?,  ¿en qué hemos cambiado?,  ¿cuáles han sido nuestras fortalezas y debilidades?, y sobre todo ¿hacia dónde vamos?

Adaptarse a Segunda: dificultades y desafíos del cambio de categoría.

Que estar a la altura de lo que suponía el ascenso era algo que no iba a ser fácil parecía evidente: nueva liga, mayor nivel y presión y, en muchos casos, factores con los que no se habían contado en un principio. Todos ellos hicieron que el Castilla tardara en tomarle la medida a la categoría de plata, haciendo que durante varios meses el futuro del equipo en Segunda se viera en peligro.

La primera idea para evitar problemas fue intentar mantener el bloque. Un bloque ya rodado, un equipo cohesionado y con gran entendimiento con su entrenador, en el que sólo haría falta añadir algún jugador de más edad para afrontar el nuevo reto. Esta idea terminó por incumplirse, ya que el núcleo duro presentó cambios por distintas razones: a los ascensos –de Morata primero, y Nacho después- se unió la marcha a Alemania de Carvajal y Joselu. La salida de estos cuatro pilares del once titular se suplieron con distintas opciones que dieron diversos resultados. La salida de Carvajal se cubrió con un cambio de rol por parte de Juanfran, pasando de extremo a lateral, y el fichaje de Fabinho, que tardó en cuajar, aunque ofreció buenos resultados –sin estar a la altura de Carvajal- tras un periodo de adaptación.  La salida de Nacho y, sobre todo, la ausencia de delanteros han sido las bajas más difíciles de suplir, hasta el punto que Toril llegó a pedir públicamente un central o un delantero en el mercado de invierno.

Estas carencias –aún más visibles con las bajadas esporádicas de Nacho y Morata desde el primer equipo, que permitían al Castilla volver a un estilo y empaque más similar al de la temporada pasada- no sólo conllevaban un cambio juego sino de mentalidad, notándose al equipo más inseguro cuando no podían contar con Nacho atrás, o todo el peso de los goles tenía que ser llevado por jugadores que el año pasado tenían otros roles como Jesé

Esta necesidad de reconversión –debida, en parte, a una mala planificación-, unida los ascensos del juvenil, conformaron una plantilla inexperta, con carencias en posiciones clave que hasta esta temporada habían sido un seguro y, lo que es más importante, con casi nula experiencia en Segunda. De todos los jugadores, sólo Borja García –fichado del Córdoba- y Pedro Mosquera –en su primera etapa en el Castilla- habían jugado en Segunda.

Nos encontrábamos por tanto con un equipo bisoño, en el que faltaban piezas clave y en el que faltaba la experiencia de cómo funciona la categoría de plata para suplir las lagunas de cohesión en el grupo.  Esta ingenuidad a nivel de grupo fue tangible durante la primera vuelta, en la que el Castilla conseguía ponerse por delante en el marcador por puro talento, pero a menudo veía como en los últimos minutos su rival le empataba y en algunos casos conseguía remontarle.

El ascenso es complicado para cualquier equipo que suba desde la Segunda B, ya que a equipos más competitivos se unen terrenos más grandes y estadios “de verdad”. El Castilla contaba con la ventaja “relativa” de haber pertenecido al Grupo I: el grupo con desplazamientos más largos dentro de la tercera categoría del fútbol español, y en el que ya había tenido que bregar con equipos históricos con terrenos de juego grandes. Además tuvo que jugar otros cuatro partidos más: los de playoff y los de campeón de liga, lo que hacían que su calendario de la temporada pasada se acercara en extensión. Ambos servían como mínima experiencia a la hora de enfrentarse a dos problemas de un equipo al saltar a Segunda: los viajes y una liga con más equipos, y por tanto, más larga y más complicada de planificar. Otros cambios que observan los recién ascendidos -como los estadios vacíos por los horarios impuestos por las televisiones y el escaso apoyo que esto conlleva- también hicieron mella en los de Toril, pero sin llegar a ser una adaptación clave.

El mayor reto al que tuvieron que adaptarse jugadores y cuerpo técnico fue la presión. Aunque ya habían conocido lo que era estar en el punto de mira, no tuvo nada que ver con la expectación de estar en Segunda: las miradas -multiplicadas por mil, y ya no sólo de unos pocos aficionados o en unos cuántos partidos-, las polémicas y debates, ser cuestionados ante el más mínimo error en el campo, sin tener en cuenta que adaptarse a una nueva competición no es algo automático. Por no hablar de usar a la cantera contra el primer equipo y viceversa. La presión, no ya de no descender, sino de hacerlo bien; de ser mejor que el Barça B, ese espejo con el que se ha comparado al Real Madrid en estos años cuando tenía que hablarse de cantera. En definitiva, el peso de demostrar que la cantera blanca era tan buena (o mejor) que la Masía. Presiones y exigencias que no ayudaban en el día a día del Castilla, pero que servían para comentar en bares, en titulares y en columnas de periódico, siempre bajo un foco que siguiera todos sus movimientos.

Esta presión constante probablemente ralentizó aún más el proceso de adaptación a la categoría. No parece coincidencia que, tras una racha de derrotas y victorias alternas, haciéndose fuertes en casa, y cuando todo parecía indicar que por fin los de Toril empezaban a cohesionarse y a pulir problemas, el Castilla cayera en un pozo de derrotas y empates tras la ya famosa polémica de los de 24 ó 25. Un técnico y un equipo acostumbrados –como casi todos los de La Fábrica- a ser prácticamente ignorados por la mayor parte de prensa y afición pasaron, de repente, a estar en el ojo del huracán, observados con lupa cada uno de sus movimientos.  Un proceso que hizo necesario cerrar filas, abstraerse e intentar ignorar todo el bombardeo y ruido que venía del exterior en unos jugadores que nunca habían tenido que hacerlo. Una mili en toda regla para todos, pero especialmente para aquellos que den el salto a Primera, sea al primer equipo o a otros.

El proceso fue lento, lleno de baches, pero acabó en triunfo. Que Toril y sus chicos maduraron y se adaptaron al a categoría lo demuestran los números de la segunda vuelta, en la que consiguieron hacerse fuertes en casa –siempre una de las prioridades, convertir el estadio Alfredo Di Stéfano en un fortín- y permanecer invictos. Subir puestos gracias, no sólo al talento, si no a partidos trabajados en los que se rascaban puntos más por trabajo que sólo por suerte, conociendo los trucos para no caer en provocaciones como hacían meses atrás. Éste es un proceso volverá a repetirse el año que viene; es la ley que rige todo filial  y los cambios generacionales son una constante.  Habrá cambios, pero la experiencia sigue ahí, es deber de los que queden, enseñar a los que vengan con el objetivo de seguir, mucho tiempo más en Segunda.

El equipo en la nueva categoría: evolución táctica del esquema.

Si hay algo que Toril no ha modificado ha sido el dibujo base del Castilla. El 4-2-3-1 continuó siendo característico del filial madridista, si bien tuvo que evolucionar internamente para hacer frente a problemas derivados de las circunstancias externas, las cuestiones de la nueva categoría y la configuración de plantilla que no habían estado ahí en campañas anteriores.

Uno de los puntos clave de la temporada fue precisamente la ausencia de un delantero centro puro. Por primera vez en la era Toril había problemas para cubrir ese puesto, muy mermado por la marcha de Joselu a Alemania y el no poder contar habitualmente con Morata. Las peticiones del técnico no hicieron mella en el club, los fichajes no llegaron y el equipo tuvo que enfrentarse a Segunda únicamente con Óscar Plano, de perfil más adecuado para jugar de segundo punta y más trabajador que goleador.

Afortunadamente para el Castilla, dos jugadores dieron un salto definitivo de calidad para imponerse y cubrir la tan necesaria faceta del gol. La explosividad de Cheryshev y la eclosión definitiva de Jesé llevaron en volandas al equipo, sobre todo en esas primeras jornadas mientras el filial arrancaba en la nueva categoría. El hispanorruso se alzó dueño y señor de su banda, rompiendo al rival por la izquierda a base de velocidad y regate; un quebradero de cabeza constante para su par, puramente eléctrico.

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Por su parte, Jesé tuvo que aclimatarse a una función de delantero que, si bien no era nueva en su carrera, no había formado parte de su repertorio más habitual. Acostumbrado a la movilidad y los espacios de la mediapunta, por un lado le costó cultivar la faceta de rematador puro que precisaba el conjunto y por otro sufrió en el rol de falso nueve, pero acabó imponiéndose por calidad. El inmenso talento del canario no es novedad para los seguidores del fútbol base, pero éste ha sido el año de su confirmación: con 22 goles y 10 asistencias a su nombre, se ha convertido no sólo en el pichichi del equipo, si no en el máximo anotador de la historia del Castilla en Segunda, superando el récord impuesto por Butragueño.

Aparte de la obvia y necesaria, la faceta goleadora del filial adquirió aún más importancia al tener en cuenta los problemas que arrastraba en defensa. En las primeras jornadas se dio la curiosa coincidencia de que el Castilla era a la vez uno de los equipos más goleadores y el más goleado: las lagunas atrás propiciaban los marcadores abultados, obligando a remontar o buscar la goleada para lograr imponerse.

Una vez más, encontramos el origen del problema en la configuración de plantilla. Es cierto que el equipo de Toril nunca ha contado con un recambio puro para el lateral derecho, pero hasta este año esa posición la cubría -sobradamente- Carvajal. Su marcha al Leverkusen dejó la defensa castillista coja por la derecha: Fabinho, fichado para ser el recambio del de Leganés, no empezó con buenas sensaciones. Sus carencias defensivas en una zona que el Castilla estaba acostumbrado a tener cubierta se sumaron al siempre problemático tema de la pareja de centrales y los inusuales bajones de forma del normalmente regular Casado por la izquierda. El técnico enfrentó ambos a base de parches -Juanfran de lateral derecho, siempre cumplidor; Nacho, líder máximo de la zaga, jugando junto a la banda que necesitara mayor refuerzo cuando Toril podía contar con él- con la mirada puesta en el futuro.

Y es que el caso de Fabinho ha sido uno de los grandes logros de Toril esta temporada, demostrando una vez más su buena mano para la gestión de jóvenes futbolistas. A base de confianza y trabajo, el brasileño ha pasado de ser un problema defensivo a ganarse verdaderamente el puesto titular. Donde antes perdía la posición constantemente, superado por su par y dejando espacios a su espalda, ahora estamos ante un lateral que no descuida su faceta defensiva, rápido en el repliegue y atento al quite. Aunque aún tiene margen de mejora, su adaptación al ritmo y calidad del equipo ha sido la más sonada.

Un ritmo que, como suele ser habitual en el fútbol, ha venido marcado por el estado y funcionamiento de la sala de máquinas del equipo: el centro del campo. Ésta ha sido, probablemente, la zona que más cambios y ajustes ha ido sufriendo a lo largo de la campaña -con resultados dispares-, aunque siempre con un denominador común: Mosquera. El gallego, a pesar de convertirse en foco de críticas exteriores tras las famosas declaraciones de Mourinho, ha continuado siendo uno de los pilares del Castilla de Toril. Metrónomo y director del equipo, su función de soporte y apoyo sigue siendo fundamental para el conjunto e importante para el crecimiento y desarrollo futbolístico de sus compañeros en la base. Es ahí donde surgen la gran mayoría de permutaciones.

Tres nombres destacan en el baile del mediocampo: Álex Fernández, José Rodríguez y Casemiro. El primero, joven veterano del filial, terminó de superar la irregularidad que le había lastrado la temporada del ascenso, se hizo con los galones y dio un salto importante hacia el centrocampista box to box que se espera de él. Su capacidad para cubrir amplias zonas de terreno, constante en presión y recuperación, y su talento para realizar transiciones rápidas hacia el ataque, le convirtieron en la pieza clave para equilibrar al equipo, achicando espacios y juntando líneas. José afrontaba su primera temporada en el Castilla y sus inicios fueron prometedores, testigos de su calidad. Toril optó por una adaptación al equipo progresiva -un método que anteriormente le había funcionado a la perfección con Jesé- que se vio truncada por la intervención de Mourinho y el posterior circo mediático. El rendimiento del jugador cayó en picado a partir de entonces, pasando de ser un revulsivo habitual que aportaba un plus de toque, control y creatividad al equipo, a no contar casi con minutos hasta final de temporada, cuando la nueva competencia con Casemiro pareció otorgarle brío.

Casemiro, precisamente, fue el mayor beneficiado de los problemas de José y la misteriosa desaparición de Álex en el primer tramo de la segunda vuelta. Fichado en el mercado de invierno con dejes de futura estrella y la garantía de que tenía un puesto esperándole, empezó dejando más sombras que luces. Fuera de forma y lejos del ritmo y dinámica del equipo, su lentitud general sobre el campo lastró a un Castilla acostumbrado a jugar con la velocidad, el espacio y la anticipación. La insistencia en su titularidad acabó por ayudar a su adaptación: progresivamente se empezó a ver a un Casemiro que ganaba en posicionamiento, imponiéndose por físico, y que dejó algún detalle en ataque. Aun así, sus mejores minutos siguen siendo aquellos que jugó con el primer equipo.

Individualidades aparte, cabe destacar la enorme mejoría general del grupo en la segunda vuelta. Tras la larga mala racha de resultados en la primera mitad de temporada -que dejó al filial coqueteando con el descenso semana tras semana-, el Castilla arrancó la segunda vuelta con nuevos bríos. El equipo frustrado que antes veía cómo se escapaban los puntos por falta de cohesión, gol y el omnipresente error a balón parado fue recuperando esa confianza y mordiente que son su seña de identidad. Amparados en el estado de gracia de Borja -cuyos altibajos de rendimiento en la mediapunta han influido mucho en el conjunto-, la incontestable irrupción de Jesé y la regularidad de veteranos como Juanfran o Mosquera, el Castilla volvió a actuar como un bloque desde la base hasta la punta de ataque. El gol dejó de ser un problema: a favor, volvieron las remontadas; en contra, el trabajo dio sus frutos y se mejoró notablemente en la defensa de jugadas de estrategia.

Con ello, volvimos a ver el juego alegre y veloz del filial madridista. Eléctrico por banda, inspirado arriba; equilibrado en el mediocampo, sólido en la defensa y bajo palos. Llevó tiempo y esfuerzo, pero finalmente el Castilla logró imponer su estilo también en la nueva categoría, acabando la temporada a un gran nivel. La adaptación a Segunda está hecha: ahora falta continuar en la misma línea.

Alberto Toril: la piedra angular de un proyecto sólido.

Para valorar la evolución mental de Toril, debemos recordar que estamos hablando de un técnico cuya carrera se ha enfocado, prácticamente en su totalidad, al trabajo con la cantera. Un entrenador que ha brillado sobre todo por su gran trabajo con juveniles, al que no le ha temblado el pulso a la hora de sustituir a jugadores asentados por otros más inexpertos, pero con gran talento. La mano de Toril se dejó notar en el Castilla, que tras su llegada sustituyó su juego ramplón por el gran despliegue ofensivo que encandiló a los aficionados, y que es otra característica más de su sistema.

Parecía evidente que esa forma de jugar debería ser modificada bajo la exigencia de una división mayor, y que el propio Toril debería adaptarse. Así ha sido: el cordobés ha logrado mantener su esquema frente a circunstancias adversas, mostrándose flexible frente a las necesidades del equipo, pero sin descuidar los pilares más básicos de su esquema.

La evolución de Toril ha ido, en todo momento, pareja al proceso de madurez de su propio equipo. Arrancamos la temporada con un Castilla inexperto, pero reconocible. Un equipo que conseguía victorias ajustadas en partidos con un alto número de goles, viviendo siempre al filo de la épica. Encarrilada la campaña, vimos las horas bajas del Castilla. Y al tiempo que contemplábamos al filial dejarse puntos en partidos que, a priori, podría haber ganado, el entrenador que siempre nos había sorprendido por la seguridad en su método y sus ideas pareció dudar, por primera vez, de sí mismo.

Hay un principio que para Toril siempre fue incuestionable, y es hacer jugar a los mejores. El cordobés jamás se dejó cegar por nombres, y varias de las estrellas de la cantera -Jesé o Morata, sin ir más lejos- han sido relegados al banquillo sin titubear cuando su técnico lo ha considerado beneficioso para el equipo. Esta temporada, sin embargo, por primera vez hemos visto a Toril realizar alineaciones inexplicables para el espectador. La cerrazón en mantener como pareja de centrales a Iván y Mateos -pareja que ha acabado con solvencia la temporada, pero que dejó mucho que desear durante gran parte de la misma- es sólo el ejemplo más reconocido. Lo más chocante, sin embargo, fue verle acceder a las presiones externas para hacer jugar más a José Rodríguez, jugador que claramente no estaba preparado aún para tomar ese testigo, y que acabó firmando una serie de partidos más bien mediocres para ser relegado al banquillo tras la llegada de Casemiro.

Pero incluso en esa relativa pérdida de control, Toril se negó en rotundo a dejar en manos de otros las riendas de su equipo. Si Mourinho -y la corriente de opinión generada entonces- le exigían la titularidad de José por la suplencia de Mosquera, Toril no sólo mantuvo al centrocampista gallego, sino que pareció convertirlo en su mariscal de campo -no es casualidad que, a partir de ese momento, Mosquera se convirtiera aún más en piedra angular del equipo, cuajando una gran temporada-. Lo mismo ocurrió con Juanfran, Mejías o Casado. Toril les ofreció toda su confianza y su apoyo a un bloque de jugadores experimentados, una auténtica columna vertebral en torno a la cuál se estructuraba el equipo. Y esos jugadores le devolvieron su confianza, con creces, en el campo.

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A mediados de temporada se evidenció la necesidad imperiosa que tenían Toril y sus jugadores de empezar a encadenar victorias, al precio que fuera, para salir del descenso. Urgido por esa necesidad -unido también a una breve mala racha goleadora de los principales puntales del equipo- vimos a un Castilla inédito, ramplón y excesivamente defensivo, que rifaba la pelota y ganaba pidiendo la hora. Lo cierto es que el equipo logró algunas victorias vitales e inesperadas -como los tres puntos cosechados en Xerez-, que le hicieron respirar un poco, encadenando con más garantías la recta final de temporada; donde, a partir de la sobresaliente goleada al Córdoba en el Di Stéfano, el Castilla volvió a ser el Castilla.

Podemos por tanto afirmar que Toril ha mantenido intacto su método, aunque también ha hecho gala de una gran capacidad de adaptación para entregarse a otros estilos de fútbol cuando la ocasión era francamente desesperada. Respondió de forma inteligente a las presiones internas, mostrándose flexible en algunos puntos e inamovible en los pilares vitales de su Castilla. Y respetando, ante todo, a los jugadores que habían llevado al filial a ser lo que era, otorgándoles de nuevo su plena confianza para que fueran ellos los que hicieran despegar de nuevo al Castilla.

Puede que hoy estemos ante un Toril más prudente, que sabe cuándo ser conservador y cuándo dar alas a sus jóvenes futbolistas. Pero no ha perdido su ímpetu dinámico, su gusto por el fútbol vertical y alegre, su forma de mantenerse fiel a sí mismo. En ese sentido, en el salto de división Toril debe obtener la misma nota que su equipo y sus jugadores: un justísimo notable alto.

Últimamente, sobre todo a partir de la marcha de José Mourinho, se ha hablado de la remota posibilidad de que Alberto Toril pudiera entrenar al primer equipo del Real Madrid. En lo personal esta teoría nos parece peregrina, y el mismo entrenador ha manifestado -según palabras de Florentino Pérez- su deseo de centrarse en la cantera hasta que el club quiera contar con sus servicios. Las virtudes de Toril y sus puntos fuertes le hacen destacar como preparador de filiales, pero tiene escasa o nula experiencia en otros ámbitos. Podría resultarle difícil la adaptación a entrenar un equipo de Primera, y ya ni hablamos si ese equipo es el Real Madrid.

Sin duda el futuro de Toril debería pasar por seguir acumulando experiencia en Segunda para, en vistas al futuro, dar un hipotético salto de división; previo paso, quizá, por llevar las riendas de otro conjunto de la Liga Adelante. Si consigue explotar sus virtudes como lo hace cuando dirige a un filial, estamos hablando, sin duda, de un entrenador con un porvenir brillante.

Resultados y perspectivas: la verdadera relevancia de un Castilla de records.

Hasta ahora hemos analizado diferentes puntos de este Castilla de Segunda: en qué condiciones llegaba a la categoría, la evolución de equipo y entrenador o la adaptación del esquema. Sin embargo, queda analizar un punto básico y, sin embargo, polémico. Como bien explicaba Sita Aguilera en su análisis sobre el fútbol formativo del Barça, ni estar formando es una excusa para no ganar, ni ganar es una excusa para dejar de formar. Evolución –individual y global- debe ir pareja con unos resultados que garanticen, por una parte la competitividad del equipo y sus jugadores, y por otra, una continuidad en una competición que ofrece, a los jugadores que vienen detrás, la capacidad de formarse al máximo nivel.

Los resultados del Castilla son engañosos, dados a las interpretaciones extremas y poco cautelosas. Igual que no sería justo hablar únicamente de un Castilla que estuvo al borde del descenso, tampoco lo sería hablar del Castilla de los records. La regularidad no ha sido, ni mucho menos, un signo distintivo de este equipo. Los malos resultados de la primera vuelta han quedado maquillados gracias a una recta final excepcional que, sin embargo, no ha sido especialmente prolongada en el tiempo.

Los resultados del Castilla son meritorios para un equipo recién ascendido –ha sido el segundo de los cuatro ascendidos la temporada anterior-, y sus cifras goleadoras las habituales de un equipo joven volcado al ataque que tiende en ocasiones a descuidar tareas defensivas. Un octavo puesto es grato, pero no debe considerarse un hito ni, por supuesto, un record. El balance entre jugadores experimentados y juveniles ha sido proporcionado para un equipo que necesitaba, en estos primeros y tambaleantes pasos en Segunda, aferrarse a un bloque experimentado que salvase algunos de los esperados errores de novato.

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Esta temporada de adaptación ha demostrado que incluso con factores en contra como la presión externa o los errores de planificación, existe un proyecto sólido sobre el que construir. Que la fluctuación en los resultados sea paralela a los avances en la formación y a la estructuración del grupo –independientemente de los resultados en sí- suponen un faro que guía a La Fábrica en la dirección correcta.

Esta gran temporada supone, no sólo una bocanada de aire fresco para la estructura formativa del Real Madrid, si no que abre puertas a los que se marchan y a los que llegan. Algunos de los jugadores que este año han brillado con luz propia jugarán el año que viene en Primera; algunos –y aquí está el gran hito, más allá de records- en el propio Real Madrid.

Es de esperar que el año que viene se produzca una estabilización. Frente a un técnico ya experimentado nos encontraremos con un bloque más joven –muchos jugadores subirán desde el Juvenil y, sobre todo, desde un no menos exitoso Real Madrid C-, que sin embargo ya habrán absorbido muchos de los mecanismos de la lucha de Segunda, y que –habiendo, esperamos, aprendido de la mala planificación de esta temporada- contará con fichajes que refuercen el equipo.

Mantener la categoría se presenta como una empresa vital en un territorio futbolístico que se mueve al triple de velocidad que hace menos de una década. Formarse al mayor nivel posible y contra los mejores rivales disponibles resulta un factor clave a la hora de impulsar la cantera madridista y conseguir, al fin, el tan deseado objetivo de alimentar con su talento al primer equipo.

Esta temporada en Segunda ha supuesto únicamente la primera piedra de un proyecto a largo plazo. Una piedra, eso sí, sólidamente cimentada.

Imágenes: Realmadrid.com, Vaulner.

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