Visiones de Segunda: O a vencer, si el cielo lo dispone

A veces, en la vida real, los buenos también ganan.

A veces el esfuerzo tiene su recompensa; la discreción, su reconocimiento. A veces es el noble y no el marrullero quien se alza triunfante. A veces es el acosado quien se erige como vencedor de la lucha, mientras el artero continúa en su mediocre anonimato. A veces, en la historia real, hay un final feliz. Y treinta héroes. Uno en traje; los restantes veintinueve, de blanco madridista.

No es usual, pero de vez en cuando ocurre.

Estamos hablando de aquél en el que nadie cree. De esos a los que todo el mundo da por muertos. De un equipo que hacía frente a la hostilidad de fuera y a la hostilidad de dentro; campos históricos aplaudiendo lesiones de niños, el peso de la camiseta con la afición rival gritándote al oído. Frustraciones de veteranos impotentes ante el talento, orgullo de raza jugando con uno menos. Así, así gana el Madrid. Caer víctima de tus propios errores, sintiendo tan sólo el apoyo de los más incondicionales. Rozar el descenso y acabar elevándose, imparables, fieles a una idea, fieles a una mentalidad. Fieles a la filosofía que empapa un escudo, que para muchos es un modo de vida. Hasta alcanzar el contundente y ansiado final de la historia; el equivalente a la felicidad y las perdices en los cuentos de niños.

Mejor filial del fútbol español.

Castilla-Alcorcon_101

Cinco años después, de vuelta a Segunda división. Un equipo inexperto, inesperadas ausencias, jugadores aún no preparados para asumir el mando. Un entrenador debutante en la categoría, y toda la presión que la etiqueta Real Madrid conlleva. Poco que ganar y mucho que perder en la liga de plata: que se lo pregunten a los jugadores que aún llevan el sambenito de haber formado parte del Castilla de Míchel.

Cinco años después, la obligación de mantener el puesto conquistado con tanto esfuerzo, el honor de defender la camiseta del filial en Segunda. El orgullo de llevarlo tan alto como fuera posible, o el estigma de descenderlo de nuevo a los infiernos. Un papel peligroso, una responsabilidad enorme, en los hombros de Toril y sus chicos. Porque la memoria es efímera y los méritos se olvidan pronto. En España, ya sabemos, siempre ha sido tradicionalmente fácil desterrar al héroe. Y en el Real Madrid, aún más.

En contra de lo que algunos piensan, yo opino que ha sido una grandísima temporada. Una temporada trepidante que nos deja la satisfacción de haber visto al Castilla evolucionar jornada a jornada; pocas veces tenemos el orgullo de contemplar en vivo cómo nuestros chavales aprenden, crecen, maduran. Cómo asumen sus errores y fortalecen sus principales virtudes hasta alcanzar el equilibrio.

primer gol temporada

Tras el primer partido de la liga yo misma advertí que nadie dijo que fuera fácil. Y que aunque haya quien prefiera ser cabeza de ratón que cola de león, estábamos frente a una oportunidad preciosa, la de ver al filial pasear nuestra camiseta en la categoría que merece. Abandonando los campos sin gradas y demás, visitando lugares como el Madrigal, Nuevo Colombino o el mítico Molinón. Lugares que habían visto jugar a los mejores y que ahora se engalanaban para recibir a los cachorros blancos.

Un honor enorme. Una responsabilidad aún mayor.

Por supuesto, 2ªB era más fácil. Máxime cuanto contábamos con jugadores con la calidad de Carvajal, goleadores como Joselu, o la presencia constante de Morata y de Nacho. 2ªB era una categoría que el Castilla tenía asimilada, pero hay quien no se enteró. O no se quiso enterar.

Y la nueva categoría, para qué negarlo, se nos hizo grande al principio. Como, por otro lado, era de esperar. Tras un inicio que no fue malo -no del todo- las desgracias parecieron cebarse con el Castilla. Varios jugadores y el mismo entrenador empezaron a ser ferozmente cuestionados por una horda de expertos, salidos de la nada, que aparentemente no recordaban la época en la que el filial no ganaba todos los partidos arrollando al rival. En los momentos álgidos del ascenso todo el mundo estaba dispuesto a participar del éxito y sacar pecho por la cantera; pero en las horas bajas, las ratas, como siempre, abandonaron antes que nadie el barco.

[pullquote]Jesé, que tuvo que soportar insultos en el propio Di Stéfano, termina la temporada como máximo goleador del Castilla en Segunda.[/pullquote]

Hay situaciones que no deben de ser agradables y que los chicos del Castilla, lamentablemente, han tenido que vivir en primera persona. Ver trapos sucios aireados frente a la prensa, leer auténticas barbaridades sobre tu entrenador y tus compañeros. Salir al campo y escuchar graves insultos por parte de un sector de la grada madridista, dirigidos al mismo jugador que cierra la temporada habiendo batido el récord de don Emilio Butragueño.

Pero en los momentos duros es donde nace la unión y la fuerza, y se forja el carácter que debe mostrar el chaval que aspire a jugar algún día en el templo de la Castellana. Si hay una imagen que define por sí sola la temporada del Castilla, se produjo, sin duda, en el Acoraz. En la casa del Huesca, partido incómodo, diluvio sin fin, terreno encharcado. Un balón retenido en un charco que aprovecha Juanfran, marcando el primer tanto. Y Juanfran es el primer que corre hacia el banquillo, seguido de Pedro Mosquera y todos los demás. El Castilla celebrando el gol con su cuestionado entrenador. El equipo unido frente a la adversidad y la injusticia.

el castilla habla en el campo

De aquella imagen nace, para mí, todo lo demás. Toril convirtiendo a los jugadores más atacados en sus indiscutibles sobre el campo -si es que no lo eran ya-. Ellos respondiendo con creces, junto con todos los demás. Y el equipo salió adelante con sangre, sudor y lágrimas.

Con vergüenza y con honra. Con mucho amor propio. Con aprendizaje y con entrega. Con la experiencia de Mosquera y de Juanfran, el ángel de Mejías, la chispa de Borja, la velocidad de Cheryshev, la actitud incansable de Plano. Las aportaciones de Nacho y Morata, jugadores del primer equipo que defendían con el mismo ahínco la elástica en el Di Stéfano o en el Bernabéu. La evolución de Fabinho, la valentía de Lucas o el pundonor de ese estandarte de madridismo que es Álex Fernández. Con el tesón de todos y cada uno de ellos y el aliento de unos pocos. Y la inmensa fe de don Alberto Toril.

Con todo ello se sacó el equipo adelante, empezando a aupar posiciones hasta certificar la permanencia. Y siguieron subiendo, sin descanso, porque cuando el Castilla arranca nunca se sabe dónde está su techo. Recuperando su mejor versión, la que pensábamos haber dejado en 2ªB. El Castilla goleador e imparable, el Castilla sólido en defensa, punzante en ataque. El Castilla peleón. El nuestro.

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El que acaba la Liga Adelante en una octava posición, por encima del otro filial de Segunda, el Barcelona B. Lo que nos convierte, a todos los efectos, en el mejor filial de España.

El mejor premio a una gran temporada, que puede verse reforzada con la subida al primer equipo de ese canario que ha hecho Historia, en mayúsculas, ignorando las críticas y confiando en su inmensa calidad. O por las apariciones de Nacho y Morata con el primer equipo, demostrando que el producto de La Fábrica es tan bueno como el que más.

Acaba, no sólo una temporada, sino una etapa en el filial, marcada por la presencia de jugadores que han dejado auténtica huella en el Di Stéfano. Jugadores como Juanfran, ex capitanes como Mosquera, retazos del primer Castilla de Toril como Nacho. No volverá a ver el pequeño estadio de Valdebebas a Jesé yéndose de medio equipo rival, ni a Cheryshev volando por su banda. Tampoco los goles de Morata, en el campo donde definitivamente creció y se hizo un nombre.

Acaba el que ha sido uno de los mejores Castillas de la historia, y el mejor Castilla reciente. El equipo que por calidad consiguió hacerse un hueco en la atención del hincha, haciendo que más de uno descubriera que había vida en Valdebebas más allá de su rotonda. Que un puñado de chicos con la camiseta del Madrid se juntaban, cada quince días, a jugar muy bien al fútbol.

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Por todo ello, eternamente agradecidos.

Por los buenos momentos y también por los malos. Porque si ha sido un orgullo ver ganar al Castilla, también lo fue presenciar cómo se levantaban al caerse. Porque si queríamos formar parte de sus éxitos, estábamos más que dispuestos -siempre lo estuvimos- a sufrir con ellos.

Porque se presentaron en una división superior, tocados por las bajas, mermados en calidad respecto al año pasado. Porque al ver la dificultad de la empresa, torpedeados desde fuera y desde dentro, se podría haber pensado en las famosas palabras de Don Juan en Lepanto: a morir hemos venido. O a vencer, si el cielo lo dispone.

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No fue el cielo, sino el orgullo, quien dispuso. O quizá fuera el afán madridista de no darse jamás por derrotado. Defendiendo hasta el final sus camisetas, manchadas -como querría don Santiago- de sudor, barro y sangre. Peleando, solos contra todos. Demostrando que ellos tampoco llegaban a su destino para morir, sino para ganar la gran batalla de poner la cantera del Real Madrid por encima de todas las demás.

Y no muertos, sino victoriosos, alcanzaron -para todos los que hemos disfrutado de ellos semana tras semana- su propia y particular inmortalidad.

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Imágenes: As.com, Fanni, Vaulner, Realmadrid.com

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