Alberto Toril y Manolo Díaz: caminos distintos, trayectorias paralelas.

Han sido los dos técnicos de La Fábrica más importantes en los últimos tres años. Dos hombres con un perfil muy distinto que, sin embargo, han acabado discurriendo por trayectorias casi paralelas. Dos entrenadores que han tenido que vadear las presiones externas mientras hacían frente a la tarea de gestionar con éxito un grupo de jugadores jóvenes y llenos de talento; que tuvieron que adaptarse rápidamente a las nuevas circunstancias creadas por un ascenso de categoría, adaptándose y reinventándose a sí mismos. Dos formadores de los pies a la cabeza que han logrado, con creces, los objetivos marcados al inicio de la temporada.

Hablamos de Alberto Toril y José Manuel Díaz, entrenadores del Real Madrid Castilla y Real Madrid C. De su evolución a lo largo de la temporada y de cómo han hecho frente al reto de competir en una categoría mayor sin descuidar su labor como capataces al frente de esa inmensa fábrica de talento que es Valdebebas.

 

El rescatador de equipos y el hombre de la casa.

De ambos técnicos hablamos en más profundidad en los perfiles que les dedicamos -también podéis encontrarlos en el Magazine de Martí Perarnau-; baste, pues, una somera introducción a la forma y método de dos entrenadores que, hasta esta temporada, parecían poco menos que la noche y el día.

A un lado del ring, Alberto Toril. Entrenador joven, rebosante de vitalidad, de los que planean sin cesar sobre el área técnica. El entrenador estrella de la cantera, con cierta fama de rescatador de equipos, conocimiento profundo de sus jugadores, y una habilidad casi sobrenatural para cambiar el destino de un partido con sus acertados cambios. Salvador con el C, campeón con el Juvenil A y, finalmente, el soplo de aire fresco que necesitaba el Castilla. Imponiendo un estilo ofensivo, muy cercano a la manera de jugar del Real Madrid de Mou, pero menos maduro y más alegre, en el que las victorias caían como fruta madura, merced al vendaval de goles y la superioridad del talento de sus pupilos. Experiencia sublimada a la calidad; candidez y espectáculo. Uno puede imaginarse a Toril, a lo Luis Molowny, ordenando a sus jugadores que simplemente salieran a divertirse. Quizá el cordobés jamás llegó a decir nada parecido, pero su Castilla se divertía y divertían. Abandonando la larga fase gris del anonimato para ganarse un hueco en las parrillas de televisión, en los periódicos de tirada nacional y en el interés del aficionado.

Al otro lado, Manolo Díaz. El hombre de la casa. Aura tranquila, cierta tendencia conservadora. Capitán de una nave que transitaba los duros terrenos de la Tercera División. Campos donde parece que no queda lugar para el talento, lugares de fútbol duro y directo, suelos terrosos en mal estado; hombres contra niños. Díaz llevó esa nave a buen puerto, a veces con más brillantez que otras, pero siempre con una clara filosofía que curtía el talento y arrojaba a esos tiernos juveniles al mundo real de la competición. Fútbol adaptable a las condiciones del terreno, manejando varias alternativas por exigencias de la división. Siempre primando no encajar goles y aprovechar las ocasiones. Escasa vistosidad, pero gran efectividad. Nadie reconoció el mérito de Díaz y sus muchachos, y mientras el Castilla y el Juvenil A eran los equipos fetiche, el C soportaba estoicamente el desprecio y el anonimato, sus jugadores tildados de no tener calidad suficiente, la misma necesidad de su existencia puesta en tela de juicio.

Ése es un bosquejo aproximado de la situación hasta que, a finales de la temporada pasada, ambos equipos logran el ascenso. El Castilla por méritos deportivos, de forma brillante; el C en los despachos, pero sin que eso pueda empañar una trayectoria que había sido igualmente positiva, tan sólo rota en la última fase de playoffs. El Real Madrid Castilla volvía a la división de plata, cediendo al Real Madrid C su puesto en el grupo primero de la 2ªB. Y el juego empezaba de nuevo.

La travesía por el desierto.

El comienzo de ambos entrenadores en la nueva categoría fue igualmente duro. La conformación de ambas plantillas había sido algo arbitraria, y pienso que quizá ninguno de los dos estaba completamente satisfecho con la materia prima de la que disponían para afrontar el nuevo curso. Pero, aplicando esa capacidad para adaptarse de la que ambos habían hecho gala, se dispusieron a capitanear sus barcos de la mejor forma posible.

Así fue. O así lo intentaron. Ambos equipos iniciaron la liga de forma muy irregular. El Castilla alcanzó pronto un punto de equilibrio aceptable para un equipo novato, una racha de victorias y derrotas alternativas que en ese momento nos sabían a poco, aunque pronto nos encontraríamos echando de menos. Al C parecía costarle más arrancar, y Díaz tenía ante sí el difícil reto de aunar en una causa común a nuevos fichajes, jugadores que ya llevaban un año en el segundo filial y otros cuyo ascenso al Castilla se había truncado. Fueron, sin duda, tiempos difíciles para el vestuario del C. En la grada del campo 7 se escucharon gritos en contra de su entrenador, que parecía ver los partidos como Robert Carlyle en una célebre escena de El sueño de Jimmy Grimble; aquella en la que el entrenador del equipo, ya de vuelta de todo y sin poder controlar un vestuario que se le escapa de las manos, apenas presta atención al encuentro de sus chicos, metido dentro de su furgoneta. El paroxismo -y quizá, el punto de inflexión- de este descenso al averno del Real Madrid C fue el partido contra el Atleti B. Con uno menos, el conjunto colchonero aplicó un serio correctivo al segundo filial madridista, lo que el aficionado encajó como una auténtica vergüenza.

[pullquote]Ambos equipos empezaron la liga de forma irregular, pero el C, al contrario que el Castilla, dispuso de una tranquilidad que le permitió asentarse.[/pullquote]

El C, sin embargo, se recuperó de una forma admirable. El gran rendimiento del fichaje estrella, Burgui, unido al paso adelante que dieron hombres como Llorente -una de las revelaciones del equipo-, se unieron a cierto cambio de actitud del entrenador, que empezó a abandonar alguno de sus más férreos postulados -al menos, de cara al aficionado- para adaptar exitosamente su método a la nueva categoría. Si la lesión de Fernando Pacheco nos hizo temer por la trayectoria del C, surgió entonces la potente figura de Rubén Yáñez, quien acabaría consolidándose como un guardameta de garantías toda la temporada. Y Díaz empezó a hacer cambios arriesgados, empezó a dar entrada a jugadores que hasta entonces no habían tenido demasiado peso en el equipo -como Mohamed Kamal- y empezó a vérsele merodear su área técnica, corrigiendo enérgicamente a los suyos. Asumiendo las riendas.

Curiosamente, paralelo a este repunte del C, el Castilla empezó a atravesar su particular travesía por el desierto, y Toril sus peores momentos como técnico del primer filial. Y es que tras las dos primeras victorias consecutivas de la temporada -Hércules y Las Palmas, en octubre-, el Castilla se hundió en una serie de empates y derrotas -siete partidos sin conocer la victoria- que le dejarían rozando el descenso y a Toril siendo cuestionado por prensa y aficionados. El técnico cordobés no supo hacer frente a las presiones que desde arriba le querían imponer un cambio generacional en el equipo. Reaccionó agarrándose aún más a sus pilares inamovibles -la vieja guardia del Castilla, representada por Juanfran y Mosquera-, haciendo pequeñas concesiones que afectaron a alguno de los hombres por entonces más destacados del equipo -caso de Álex- y reafirmando aún más sus ideas.

En esos meses, el Castilla peleó duramente por no naufragar, manteniéndose a flote con el agua al cuello. Errores de novato que enervaban a esas alturas de la temporada, una debilidad a balón parado que rozaba el esperpento. Jugadores que debían de jugar pero no rendían, y jugadores que sí rendían en lo poco que jugaban. El Castilla logró al fin una contundente victoria frente al Racing en diciembre, y no volvería a embucharse tres puntos hasta mediados de enero, con otra goleada frente al Villarreal. En todas con una sustanciosa colaboración de la vieja guardia, que respondieron con creces a la confianza casi excesiva que Toril depositaba en ellos, convirtiéndose en santo y seña del entrenador cordobés.

Mientras tanto, Díaz sumaba y seguía, alcanzando cierto estatus de tranquilidad del que no gozaba Toril, permanentemente sumido en la polémica y con la sombra de las declaraciones de Mou siempre de fondo. En invierno, ante la falta de experiencia de Raúl De Tomás, ambos entrenadores decidieron bajarle al C, donde se convertiría en un hombre clave, evolucionando bajo la tutela enérgica de Díaz. Que De Tomás estuviera marcando goles en el segundo filial mientras el Castilla adolecía de delanteros fue otro clavo más en el ataúd de Toril. Pocos parecían entender que esa etapa en el C no era más que un peldaño más en la formación del prometedor delantero, aún juvenil. En el mercado de invierno, el cordobés pidió públicamente el fichaje de un delantero y un central. Como sabemos, su petición fue ignorada.

Adaptar, reinventar. Aprender.

A pesar de todo, podemos decir que a finales de enero ambos conjuntos habían pasado ya la larga y traumática fase de choque. El C ya le había cogido el aire a la 2ªB, y un tiempo después certificaría matemáticamente la permanencia. El Castilla, más irregular, seguía peleando por cada victoria, limando a ojos vista sus errores y logrando mantenerse unos puestos por encima del descenso. Unos centímetros por encima del agua que casi les llegaba al cuello.

Es en esta etapa cuando asistimos a la paradoja de ver a Díaz convertido en un entrenador más valiente y a un Toril conservador obcecado en alinear a jugadores que no parecían rendir lo suficiente. Por primera vez en el Castilla no fue el talento el que primó sobre la experiencia, sino al revés; con la llegada de Casemiro, e irrenunciable Mosquera -por méritos propios-, Álex y José Rodríguez prácticamente desaparecieron durante unos partidos de las alineaciones. Incomprensible sobre todo en el caso del alcalaíno, uno de los pesos pesados de la primera vuelta. Más entendible en el caso de José, que acabaría reapareciendo para demostrar que esos meses en la sombra le habían aportado más compromiso y más empaque a su juego.

[pullquote]Toril apostó por la veteranía. Y el tiempo parece darle la razón.[/pullquote]

Sin embargo, jamás llegamos a entender por qué se prefirió a Mateos antes que a Derik -que volvió a bajar al C- o por qué el pletórico Raúl De Tomás de antes de la lesión no fue convocado de nuevo con el Castilla. Decisiones inexplicables para el aficionado, que contrastaban con la decisión de Díaz de otorgar su confianza a Álvaro Medrán, un chaval del Juvenil A que subió al C para quedarse. Y mientras el C lograba buenos resultados, afianzándose en puestos altos, el Castilla no terminaba de alejarse del descenso. Curiosamente, ahora era el hombre tranquilo, el anónimo Díaz, el preferido del aficionado que lo veía como antagónico a Toril. Incluso se llegó a escuchar en algunos círculos que debía ser Díaz el encargado de dirigir al Castilla. Un pensamiento completamente descabellado tan sólo unos meses antes.

Afortunadamente para el Castilla, no tardaría en llegar esa ansiada tranquilidad que permitió al fin a los chicos crecer y asentarse. A inicios de febrero, las victorias consecutivas frente Almería y Xerez marcaron el inicio de una relativa paz, que logró al fin dar los resultados deseados. Sin llegar a encadenar una verdadera buena racha hasta el mes de abril, el equipo sí se fue asentando, cometiendo cada vez menos errores, apuntalando la defensa, sufriendo menos a balón parado y aumentando la eficacia goleadora que siempre había sido su baluarte. Toril volvió a ser él mismo -recuperó esa capacidad para dar en la tecla con sus cambios, más adelantados, más atrevidos-, pero sin renunciar a esos principios inalterables que labró al tener que adaptarse a Segunda. El resultado por encima de todo, la veteranía como grado. Nadie había logrado imponerle que renunciara a sus oficiales de campo en beneficio de talentos emergentes pero inexpertos. José Rodríguez tendría que esperar, formándose a fuego lento como su entrenador le pedía; sobre el césped nadie pudo hacer sombra a Pedro Mosquera, quien, cuestionado inicialmente por Mou, está cuajando una segunda vuelta de auténtico sobresaliente.

Toril y Díaz. Dos hombres muy distintos cuyos métodos acabaron convergiendo. Dos trayectorias que se cruzaron en incluso se dieron la alternativa. Este fin de semana, con la salvación virtual del Castilla -tras la tercera victoria consecutiva- se pudo decir que ambos, de una forma o de otra, habían alcanzado sus objetivos.

El final del camino.

Con el C apuntando a puestos de playoff -aunque, obviamente, no puede ascender- y el Castilla prácticamente amarrando la permanencia, es el momento de preguntarse qué ocurrirá a partir de ahora. La cercanía de la Copa Campeones juvenil dejará presumiblemente al C sin Medrán, y Díaz no podrá aprovechar para probar a ninguno de los prometedores pupilos de Ramis. Su objetivo, por tanto, deberá ser intentar quedar en puestos de ascenso, por puro orgullo, manteniendo el bloque.

Distinta situación a la del Castilla; Toril ya dejó caer que empezará a dar entrada a jugadores que serán importantes el año que viene. Todo hace pensar que Casemiro figurará más en el primer equipo que en el filial, donde su paso ha sido sólo testimonial y de adaptación. En el partido de este fin de semana, vimos a Pedro Mosquera ser sustituido por José Rodríguez: una sustitución natural y más que simbólica, que debe marcar el camino del futuro. La salida de jugadores como Mosquera, Mateos o Juanfran se da por hecha. Con los deberes hechos, es el momento de apuntar al relevo generacional. Sin descuidar la tarea de asegurar matemáticamente la permanencia, con la ambición de quedar en el puesto más alto posible.

En cuanto al futuro de ambos entrenadores, nada hace pensar, de momento, que uno de los dos pueda abandonar la cantera del Real Madrid, aunque no es descabellado que aparezca algún equipo de 2ªB o Segunda a tentar, sobre todo a Toril, con un puesto de entrenador de primer equipo. Los deseos de aquellos que postulan a Toril como un candidato al puesto de entrenador del Real Madrid parecen más fabulaciones que una posibilidad real, dada la inexperiencia y la falta de trayectoria del andaluz. Lo más probable, de momento, es que todo siga igual la temporada que viene.

Pero, quizá por primera vez, si Toril abandonara su puesto como técnico del Castilla, el aficionado no vería con malos ojos el ascenso de Manolo Díaz a la dirección del primer filial. Y es que sin duda ha sido este hombre de la casa el gran reforzado del proceso de aprendizaje y adaptación que el ascenso impuso a ambos técnicos. Con la previsible desbandada de jugadores de cierta edad que abandonarán el Castilla y el C este verano, comprobaremos cómo ambos afrontan una segunda temporada, más asentados, con las ideas más claras y más experiencia. Será interesante ver por dónde evolucionan esas trayectorias tan distintas que siempre parecen converger.

Imágenes: Realmadrid.com, Elconfidendial.com, José Manuel Manzaneque @vaulner.

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