Real Madrid Castilla 1 – Hércules 1 || A contracorriente.

Esperpéntico partido, para qué engañarnos, el vivido hoy en el Alfredo Di Stéfano, ante un Hércules que llegaba excesivamente necesitado de puntos y un Castilla que no termina de arrancar para alejarse de la zona de descenso. Entre alineaciones que no terminan de convencer, jugadores que hoy estaban negados de cara a portería y el particular oportunismo de los que están esperando a que el Castilla falle para tirarse al cuello, como si en vez de su propio filial estuviéramos hablando del del eterno rival. En este contexto y en estas aguas sacó el Real Madrid Castilla un punto merced a un gol del otrora tan denostado Pedro Mosquera -sí; el que no debía jugar-, en una noche donde nadie tuvo su día y el guardameta visitante se mostró especialmente inspirado.

Empecemos por la alineación. Toril volvía a dejar a Álex en el banquillo para colocar como titular a Casemiro. Posteriormente en rueda de prensa el cordobés admitiría que nuestro fichaje de invierno había hecho un mal partido, pero que viene de seguir una clara línea ascendente. Que el brasileño cada vez se encuentra más cómodo es algo que no se puede discutir -teniendo en cuenta que nos encontramos ya con el mes de marzo bien entrado, qué menos-. Que está claramente pasado de peso, no juega al mismo ritmo que sus compañeros y salva los muebles sólo porque su gran calidad le permite saber posicionarse y anticiparse a la jugada, me parece también muy claro. Que además desplaza de sitio a un jugador fundamental como es Mosquera y relega al banquillo al mediocentro que viene haciendo -cuando le dejan- una gran temporada, me resulta realmente sangrante. 

[pullquote]Mosquera y Álex han sido la pareja más sólida en el doble pivote, sin lugar a dudas, durante toda la temporada.[/pullquote]

Tengo la mala costumbre de creer que todos los jugadores deberían ganarse un puesto, y por eso opino que Casemiro, por muy internacional con Brasil que sea -Brasil, por cierto, país que hace debutar a muchos jóvenes para facilitar su venta al mercado europeo- también debe hacer el mismo esfuerzo. Tengo además la aún peor costumbre de creer firmemente que Álex Fernández no sólo es uno de los grandes talentos de La Fábrica, sino que se está viendo injustamente eclipsado por causas que no termino de comprender -y que van mucho más allá de la famosa roja vista en el Mini Estadi-. Pienso además que el Castilla juega mucho mejor con el doble pivote Mosquera – Álex. Y los datos lo demuestran. Por esto no entenderé esta cerrazón de Toril en dejar a uno de sus mejores jugadores en el banquillo. Aunque, como se trata de mi equipo, espero y deseo que él acabe llevando razón y yo no.

El partido empezó bien, con dominio local y muchas ocasiones que no se concretaban, y cuando el partido empieza de esa forma el aficionado castillista ya imagina que acabará mal. En efecto, mientras el filial había dispuesto de varias ocasiones claras que ni Jesé ni Morata acertaron a rematar, el Hércules, en el minuto 25, conseguía materializar la primera que tuvo. Un Tomás Mejías que lleva una gran temporada pero que hoy no se mostró nada seguro no hizo nada por atajar un cabezazo de Nacho González. Al filial le tocaba remar a contracorriente. Otra vez.

El gol, en vez de espolearnos, nos hundió en un partido feo donde el Castilla no podía y el Hércules defendía con saña esos tres puntos vitales. A destacar el duro juego de Noé Pamarot, que mereció ver la doble amarilla mucho antes. No podemos negar que, en general, los nuestros cuajaron un partido mediocre. Álvaro Morata estuvo francamente desacertado, y Borja García encadenó otro mal encuentro en una racha de partidos preocupantes. Jesé, sin dejar de ser el más activo del ataque del filial, se empeñó demasiado en hacer la misma jugada, partiendo desde la derecha, posición que quizá es la que peor se le da. Casemiro, correcto en la anticipación y nefasto en lo demás, jugándose siempre la amarilla con sus fuertes entradas pasadas de rosca. Se salvó Pedro Mosquera, que siempre es el punto de anclaje que el equipo necesita, y destacó por su sobriedad la defensa, en la que quizá nos deberíamos preguntar por qué Derik, con el C ya salvado, no vuelve para sustituir a Mateos.

Al descanso se llegó con la desesperante sensación de que no marcaríamos ni en otros noventa minutos más, y a punto estuvo de ser así. Toril acertó esta vez con el temprano cambio de Lucas en detrimento del tarjeteado Casemiro, y lo cierto es que el gallego, como casi siempre, dio otros bríos al equipo. 

En el 68’ parecía cambiar la suerte castillista: Pamarot veía la doble amarilla -a la que llevaba opositando todo el partido- y Jesé Rodríguez era el encargado, como siempre, de lanzar el penalti. En este momento uno puede imaginarse a los aficionados -por llamarlos de alguna forma- madridistas que le pusieron la cruz al chico tras sus desafortunadas declaraciones deseando que lo fallara. Así fue, para alegría y jolgorio de los herculanos y de esos madridistas que parecen estar deseando que llegue el momento de ver al Castilla descendido a 2ªB, por no sé qué extrañas razones que Freud tendría que hacer un esfuerzo por analizar. No era el día de Jesé, para qué nos vamos a engañar, que en el 81’ volvía a tirar un penalti, y volvía a fallarlo. Porque hoy, ya se sabe, los falló Jesé y no los paró Falcón, que por supuesto no estaba haciendo un magnífico e inspirado encuentro de los que te hacen seleccionable. De eso nadie habla. Nótese, de nuevo, el magnífico doble rasero, siempre al servicio de no sé sabe quién y siempre en prejuicio de los chavales a los que nosotros mismos criamos, educamos y convertimos en potenciales jugadores de Primera para otros. Por cierto, creo que fue José Mourinho quien dijo que los penaltis los falla quien se atreve a tirarlos.

En el minuto 84 al fin, el tuerto que nos estaba viendo apagó la tele, y Mosquera consiguió al fin colarla entre los tres palos para desesperación de Falcón, que se encontraba a punto de ser canonizado. El gol de Mosquera y la entrada de Álex en el minuto 86 dio nuevos ánimos al Castilla, que imperó en el tramo final -el colegiado decretó cuatro minutos de añadido- y creó aproximadamente las mismas ocasiones que en el resto del encuentro, hallándose a muy poco de conseguir el gol de la victoria.

Pero ese gol, suponemos, habría sido demasiado precio para un filial que por juego no mereció más que el empate, y gracias. El encuentro terminó con unas más que aceptables tablas, y un punto que no solucionaba la vida de ninguno de los dos equipos pero vale menos que nada.

El Castilla, actualmente, pelea en una batalla campal. Denostado por una parte de la afición, que desea la derrota de los propios chavales de su equipo, ojo a la mezquindad, en base a su enfermizo odio a un entrenador y a varios jugadores por motivos igualmente incoherentes y absurdos. Dirigido por un entrenador que ha cometido varios errores, es innegable, pero que ha pasado de anónimo a estar en el punto de mira y calificado del “nuevo Míchel”, Dios sabrá por qué, porque yo desde luego que ni lo intuyo. En una categoría que los entendidos están descubriendo ahora que es tremendamente dura -desde aquí, no es por nada, lo advertimos en el primer postpartido de la temporada- y con la única buena noticia de las habituales presencias de Morata y Nacho, a los que Mou sabiamente cede -no tendría por qué- para que no pierdan ritmo de competición en las semanas en las que no juegan con el primer equipo.

Así están las cosas. Entiendo que la mayoría de personas añoren los bucólicos tiempos en los que el Real Madrid Castilla rozaba los puestos de descenso a Tercera División. Yo, por el contrario, no los añoro. Es por ello que espero que el Castilla vuelva a su origen, recupere sus señas de identidad, deje de insistir en los mismos errores y haga de su bandera ese juego ofensivo que nos llevó a estar en lo más alto -y esos jugadores que lo hicieron posible-. Sería bonito, además, que eso lo hicieran con una afición que estuviera más pendiente de animar a los suyos que de atacar a su entrenador. Aún así, no me preocupa. Si hay algo que sabe hacer el Castilla es precisamente eso: remar a contracorriente.

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