Real Madrid Castilla 2 – CD Numancia 4 || Yo aquí siempre estaré.

Hay un cántico que se suele escuchar en el estadio de mi ciudad -y por ende, supongo que en la mayoría de campos de Andalucía y parte de España- y que personalmente me gusta mucho. Lo cantan, cómo no, el pequeño grupo de aficionados más animosos -podríamos decir que radicales, en el buen y mal sentido- apelotonados en su esquinita del fondo. Es una modificación del famoso “Ya estamos aquí” que podríamos recitar de memoria de escuchárselo a los Ultras Sur, pero con una letra algo diferente, mucho más rotunda. “En Primera o Segunda B”, berrean estos radicales, “yo aquí siempre estaré”, rematan, apelotonados en su esquinita del fondo. La misma donde han estado siempre, como narran en su canción. Viendo pasear sus colores y su escudo hasta por cuatro divisiones. Sin dejar de repetir esa letanía de lealtad inquebrantable. Yo aquí siempre estaré.

Mientras esos radicales de la esquinita del fondo repiten su afirmación, sencilla pero incontestable, el resto del estadio -en su mayoría, abonados de nuevo cuño, llegados al olor de una división superior- rezongan con cada pase fallado, silban con cada ocasión que se va alta y patalean -y mucho- con cada partido que pierde, en Primera, un equipo que no hace mucho luchaba por no desaparecer en Tercera. Y mientras el grueso de los aficionados se marchan gruñendo por el mal juego del equipo y lo peligrosamente que se acerca al descenso, es posible que alguno de esos chalados del fondo se acuerde de alguna amarga derrota cosechada en un campo de tierra, de algún equipo de los que jamás salen ni en los resúmenes del telediario. Y sonría.

“En las buenas y en las malas.” Qué fácil de decir. Qué difícil de llevar a cabo.

Permítanme esta entradilla a modo de homenaje a los que estaban, estarán y hoy también están, pero anonadados y patidifusos al ver lo que se lee, se rumorea y se comenta de ese equipo del que hace unos meses todo el mundo estaba tan orgulloso.

Ser del Castilla equivale a ir montado en un carro que fluctúa más de peso que la opinión del director de cierto diario deportivo madrileño. Ser del Castilla significa que ninguno de tus jugadores vale -excepto cuando le marcan al Barça B- y que tu entrenador, ése que es probablemente el técnico más exitoso en la historia de La Fábrica, no da la talla al frente de un equipo al que él recogió, mejoró y ascendió cuando se hallaban siendo empujados al borde de Tercera División.

Ser del Castilla, por desgracia, hoy en día deriva en la paradoja de verte enfrentado a parte de la afición de tu propio equipo por una guerra absurda que crece, al calor del bombo que marca la prensa, originada por varios errores cometidos por todos. Los mismos que en su día se echaron las manos a la cabeza cuando se criticó que Mou no convocara a Carvajal -no podía hacerlo-, casi acribillan a Toril cuando descubren que Denis es suplente y que ni Nacho ni Morata van convocados, escondiéndose en las acusaciones vacuas de siempre cuando se les indica que esas tres decisiones parten del club -sin que haya, por supuesto, denuncia alguna en esto; el Castilla está para aportar jugadores al primer equipo, y verles a disposición de Mourinho sólo puede alegrar al castillista de pro-. Pero en fin, así funcionan las cosas en el Real Madrid Castilla. Y si no estuviéramos dispuestos a afrontarlo, nos sacaríamos el abono sólo para las buenas rachas. Como hace la gran mayoría.

El partido de hoy ha sido un mal encuentro donde todas nuestras lacras han quedado expuestas de forma cruel, aprovechadas por un Numancia que nos había estudiado mucho y bien. Espoleados animosamente por los aficionados desplazados al Estadio Alfredo Di Stéfano -esos que, con el cuajo de haber visto a los suyos pasar más de treinta temporadas en Tercera División, enviaban a 2ªB al filial del equipo más laureado de España- los numantinos tardaron literalmente un minuto en adelantarse en el marcador gracias a un error clamoroso de Iván.

Dado el inicio y el marcador, sería demasiado fácil caer en el análisis fácil del partido horroroso de los-que-no-valen-nada. No fue así. A partir de ese gol, y tras los minutos de atontamiento de rigor, el Castilla se vino arriba. Asustado permanentemente por un durísimo Numancia -escandaloso el juego duro empleado por los visitantes, permitido por un árbitro al que el doble rasero le sale demasiado barato en el Alfredo Di Stéfano- pero indiscutiblemente arriba, incisivo. Liderados por un Juanfran que fue probablemente el mejor del partido -jamás se dio por rendido en los noventa minutos, creando siempre jugadas de peligro, enviando centros perfectos al área-, el Castilla no tardó en empatar y pasó la segunda parte plantando cara al Numancia, flaqueando más por los errores defensivos propios -estrepitosa noche de la defensa en general, salvando a Jorge Casado- que por el buen juego del rival.

Del descanso el equipo surgió, de hecho, imparable y arrollador. No tardamos mucho en cantar el segundo gol, jugadón de Jorge Casado cuyo rechace marca, atentísimo, Borja García. Tras adelantarse en el marcador la remontada parecía hecha. El juego y el ímpetu del equipo hacían presagiar, incluso, que podríamos aumentar la diferencia. Y en ese momento surgió, como un fantasma, uno de nuestros peores miedos: el balón parado.

Hasta tres goles llegó a encajar el Castilla a balón parado. Primero, el 2-2, tras un corner donde se equivoca Jesús. Después, en jugadas literalmente idénticas, los dos goles que habrían de enterrar al Castilla, cabeceados directamente al interior de la portería local.

Para entonces, Toril ya había hecho los cambios, con resultados dispares. Pese a no andar en sus momentos más brillantes, la salida de Pedro Mosquera por José Rodríguez terminó de diluir un centro del campo que sencillamente no existió, y que hasta entonces, sin llegar a alcanzar el aprobado, se había mantenido con un Álex excelente en las labores de achique y contención. Denis Cheryshev tampoco pudo hacer mucho más que un tiro que lamió el larguero. El cambio obligado de Jorge Casado -inconsciente tras un escalofriante choque con un jugador del Numancia- por Derik Osede terminó de quitarnos profundidad en ataque. El único jugador que mantuvo el tipo hasta el final fue Juanfran, intentándolo literalmente hasta el último segundo. Sobrepasados por las circunstancias, los demás acabaron por arrojar la toalla en un desquiciante partido donde cada una de nuestras carencias quedó expuesta como en una radiografía.

Partido del que se puede y debe sacar muchas conclusiones que trabajar con los jugadores, empezando por esa terquedad torilesca en colocar una pareja de centrales que, obviamente, no funciona. Aún así sorprende, y mucho, que se hayan escuchado tantas alarmas por una mala racha que coloca al Castilla, precisamente, en la situación que Mourinho muy acertadamente ya señaló: luchar por no descender. La que ha sido, de hecho, nuestra lucha ahora y siempre, más allá de la chorrada de ser quintos o sextos. Conviene pues en estos momentos, recordar las palabras del técnico del primer equipo y no alarmarse si hemos de pasar toda la temporada entrando y saliendo de los puestos de la tabla baja, repitiéndonos a nosotros mismos que el objetivo es formar y no competir. Aunque, en mi opinión, el objetivo del Real Madrid Castilla es el mismo que el de todos los equipos de la entidad blanca, ya hablemos de la escuadra de baloncesto o del Cadete B: luchar. Y eso es, justamente, lo que está haciendo.

Luchar contra una mala planificación -que tendrá solución en invierno, o puede tenerla-, luchar cuando varios de los jugadores más importantes suben al primer equipo –lo que indica que se están haciendo bien las cosas-, luchar contra el enésimo doble rasero de los señores soplapitos y luchar, sobre todo, con esa afición de nuevo cuño y nuevo abono que afirman que nuestro objetivo es no descender pero aúllan  contra el entrenador y los jugadores cuando, de hecho, peleamos por no hacerlo. Esos a los que hay que explicar pacientemente la importancia de hombres como Juanfran o Mosquera y a los que no se puede pedir que recuerden aquella dolorosa derrota frente al Getafe B en casa -el final y el principio de todo- sencillamente porque ellos, ese día, no estaban.

No pasa nada. No será novedad para el seguidor medio del Castilla, que sabe que, para los suyos, levantarse es una obligación. Como se levantaron tras aquella horrorosa decepción frente al Alcoyano. Como hoy se ha levantado Jorge Casado, a quien, tras quedar inconsciente por un duro golpe en la cabeza, no se le ha ocurrido otra que pedir volver a entrar al campo. Una actitud que ejemplifica lo que es el Castilla, pura casta de guerreros madridistas destinada, no sé si a ganar o a perder, pero sí que a pelear hasta el mismísimo final.

Y ésa es la razón por la que a pesar de todo, en un metafórico estadio donde estamos todos los que siempre hemos estado -los que viven a un pasito del EADS y los que lo hacen en otro huso horario-, hay un grupito que permanecerá apelotonado en su grada, cerrando filas en torno al equipo que tan buenos momentos nos ha hecho pasar. Recordando esas lágrimas frente al Alcoyano que lo fueron de alegría ante el Cádiz, y también ese orgullo que nos invade al ver a algunos de los chicos a los que hemos visto crecer formar parte de las convocatorias del primer equipo. Cuando ganen les apoyaremos, y cuando pierdan lo haremos el doble, pues será cuando más lo necesiten. Y gritaremos, que a nadie le quepa la menor duda, nuestro voto de lealtad inquebrantable. En 2ª o 2ªB, yo aquí siempre estaré.

Hasta el final.

El mejor: Juanfran. Ejerció de capitán, echándose el equipo a la espalda, siendo el único que jamás se rindió.

El peor: Iván. Un gol prácticamente regalado que se suma a los dos tantos anotados en propia puerta que ya arrastra. Demasiados errores para un defensa al que se le supone mucha más calidad.

Imágenes: Realmadrid.com

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