Formar compitiendo

A raíz de los últimos coleteos de la penúltima polémica que involucró al Real Madrid -y, en este caso, a su cantera-, surgía el debate mil veces mantenido de si la principal función de un equipo filial es la de formar o la de competir. Si el Castilla o el Real Madrid C deberían sacrificar algunos de sus aspectos competitivos -buscar la experiencia dentro del terreno de juego, rendir ciertos aspectos formativos con el objetivo de alcanzar una mejor clasificación en la tabla- para centrarse en su función meramente formativa.

Por otra parte, rescatábamos esta misma semana una interesante entrevista con el entrenador del Real Madrid C, Manolo Díaz, en el que entre otros aspectos técnicos, se pronunciaba al respecto que este antiquísimo debate:

“En el club en donde estamos, hasta la categoría juvenil, yo creo que es entendible y muy razonable que se busque la formación. Sí que es verdad que tanto Real Madrid C como Castilla también estamos en un periodo formativo, eso es evidente; pero a mi me cuesta entender la formación sin competir de verdad. No entiendo que un equipo se forme mejor perdiendo que ganando, al revés: un equipo se forma mejor ganando que perdiendo.”

Dejando de lado en este caso la obvia necesidad de mantener la categoría para proporcionar una formación de mayor calidad, Díaz da en el clavo al aludir a la importancia de enseñar a un equipo a ganar y a perder.  Y es que cuando nos referimos a los escalafones superiores de La Fábrica, no debemos olvidar un aspecto fundamental: que el trabajo meramente formativo ya se ha llevado a cabo en las categorías anteriores, mientras que la función de Real Madrid C y Castilla es la de formar al jugador en el aspecto básico de todo equipo de fútbol: competir.

Para simplificar su comprensión, hagamos uso de un ejemplo. Un estudiante universitario se pasa 3, 4 ó 5 años de su vida recibiendo pura formación. Su objetivo no es la competitividad laboral, puesto que está aprendiendo las herramientas básicas para desenvolverse en su futuro puesto. Así, cuando una empresa contrata a un estudiante en prácticas, su misión también es seguir formándole, pero de una manera práctica: no se trata de darle las herramientas, si no de enseñarle a aplicarlas en el mundo real.

De igual forma, un jugador que haya pasado por todas las etapas formativas (infantil, cadete, juvenil, etc.) y llegue a uno de estos dos equipos, que compiten en ligas profesionales, debe llegar con todos los aspectos meramente formativos bien aprendidos. Es misión de este equipo y de su entrenador enseñarle a aplicarlas en el mundo real.

Así pues, la misión de Alberto Toril o Manolo Díaz (o, ya puestos, de José Mourinho) no debe ser la de enseñar a despejar al defensa o centrar al extremo. Su misión debe ser la de enseñarle esos otros aspectos del juego y del mundo futbolístico que no se aprenden a base de repetición, si no de experimentación.

Un jugador que llegue al C o al Castilla desde Juvenil, se dará de bruces con un mundo mucho más competitivo. Aprenderá que es imposible llevar siempre el control del partido, las tretas y trucos -extrafútbolisticos pero básicos- para enfrentarse a rivales rocosos. También que a veces la calidad no lo es todo y hay que saber especular con el rival, el campo o el jugador al que toca cubrir ese día; y que incluso los compañeros menos brillantes pero más experimentados pueden ampliar su conocimiento, su técnica y aportarle bagaje futbolístico.

Aprenderá, en definitiva, a ganar y a perder. A competir.

Esto a veces se olvida. La opinión global parece ser que la función de un filial es dar minutos a los jugadores (y a más talento, más minutos), sin pararse a pensar en lo importante que es la dosificación, la compenetración y competición con los compañeros que comparten puesto. Lo vital que es, de cara al futuro de ese jugador, que se vea envuelto en todas las dinámicas posibles (empates, victorias, derrotas; en el campo, en el banquillo, en la grada) para que, el día de mañana, sea capaz de afrontar todas esas situaciones en un hipotético puesto en el primer equipo desde el conocimiento que da la experiencia.

Así pues, puesto que Castilla y Real Madrid C juegan en dos ligas profesionales como son Segunda y Segunda B, no debe entenderse a estos equipos como una escuela de verano donde aprender a ser mejor delantero o portero; si no como una simulación de la vida real (esa hipotética Primera División) donde cada uno de los jugadores debe familiarizarse e interiorizar todos y cada uno de los mínimos aspectos de un equipo de fútbol profesional.

Se formará, por supuesto. Se formará en el aspecto más básico del fútbol: competir para ser mejor que el rival.

Imágenes: RealMadrid.com, agencia EFE, SportYou

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