La retórica de la humildad.

Esta semana -tras una serie de catastróficas desdichas que escapan del contenido de este artículo- el Real Madrid se enfrentó al Rayo Vallecano bajo la brillante y anhelada luminosidad de los focos del Estadio de Vallecas.

Si me dieran unos céntimos por cada vez que he leído las expresiones “equipo humilde”, “barrio obrero”, “clase trabajadora” y similares, a estas alturas tendría para pagar media matrícula universitaria. Tengo que reconocer que me cae bien el Rayo, aunque no por humilde ni obrero, sino por peleón y tocapelotas, cualidades éstas que considero más loables en un equipo de fútbol que el estrato social de sus hinchas. Me cae bien el conjunto vallecano, pero detesto profundamente la retórica con la que se escriben sus loas, esas historias entrañables que bien podrían haber sido escritas por algún ñoño guionista yanqui, donde once futbolistas humildes -once chicos noblotes de pueblo, que siempre saludan en su bloque de pisos y ayudan a las ancianitas a llevar la compra- se enfrentan con coraje a once superestrellas divinizadas, que dejan churretes de gomina en el césped y se limpian con un pañuelo cada vez que les toca un rival, no sea que la pobreza se pegue. Acaba uno leyendo esas preciosas historias de derrota desafiante con la afición local henchida de orgullo obrero -pues la expresión clase trabajadora se repite más que en una obra de Marx- y casi nos podemos imaginar a los futbolistas del Rayo, esos héroes anónimos y mundanos, saliendo del humilde Estadio de Vallecas montados en humildes bicis como en la introducción de Verano Azul, saludando con humildad a aquellos humildes aficionados que con verdadera humildad les aclaman.

Ahora sustitúyase al Rayo por el Atlético de Madrid, el Getafe, el Zaragoza o, en general, cualquier equipo que no sea el FC Barcelona, y entenderán la carga de hastío y empacho por ese nuevo estilo de ver el fútbol, eso que ya casi es un nuevo género literario y yo denomino la retórica de la humildad.

La humildad, esa cualidad preciosa de la que muchos presumen sin darse cuenta de que, al hacerlo, automáticamente la pierden. En cualquier discusión con un aficionado de cualquier otro equipo llegará un momento en el que éste, señalándote como el Pantocrátor, dictará la sentencia definitiva: “¡los madridistas sólo seguís al Madrid porque gana! ¡No como yo, que soy de un equipo humilde!”.

Ya.

Eso es lo que la retórica de la humildad nos dice: que nosotros, ojo al dato, somos del Madrid porque el Madrid gana, lo que automáticamente convierte nuestro sentimiento en algo menos puro y menos auténtico que la desdicha del hincha que se frota los ojos enrojecidos en un campo de Tercera. No somos auténticos sufridores porque apoyamos a multimillonarios que graban anuncios y conducen Ferraris -los demás futbolistas, ya lo sabéis, vuelven a casa en el autobús urbano-, y el hecho de recordar el dinero que ingresa anualmente el Real Madrid nos detiene, automáticamente, cuando estamos a punto de derramar una lágrima por nuestro equipo.

A veces me pregunto si realmente se lo creen. Si se creen que el proceso para fabricar un madridista empieza cuando un pequeño infante -que en unos años será el típico abusón que quita a sus compañeros el bocata del recreo, por supuesto- le pregunta a su padre: “papá, ¿cuál es el equipo más rico y tradicionalmente más exitoso en la liga española?”, y éste le lleva automáticamente a la Sala de Trofeos del Bernabéu tras lo cual, tras pensárselo un poco, el pequeño niño alza su mano derecha y pronuncia un solemne “sí quiero” ante un puñado de Audis alineados en fila.

A veces me pregunto si creen que el madridista no sufre, no se cabrea, no llora, por razones que poco tienen que ver con el dinero, sino con un sentimiento –sí señores, un sentimiento– que muchos adquirimos antes de saber si quiera pronunciar “Copa de Europa”. Y me tengo que reír, porque servidora ingresó en las filas de la fe merengue en plena orgía ganadora del Dream Team, y cuando me enteré de que el Real Madrid era, de hecho, un equipo campeón, resultó una revelación tan sorprendente como la inexistencia de los Reyes Magos.

Yo no sé si el Real Madrid es humilde, pero es que tampoco quiero que lo sea. Yo quiero que el Real Madrid sea mi equipo, ése del que me enamoré cuando todo lo que sabía de ellos es que vestían de un blanco que solía acabar manchado de barro. Y aunque después vinieran las Copas de Europa, Mijatovic, Raúl y la volea de Zidane, a veces ésa es la única imagen que me queda -tras el Irunazo o el Alcorconazo, o el 2-6 o el 5-0 o lo que nos quede por venir- con un orgullo atávico que no es obrero, que quizá no sea humilde, pero que es auténtico y mío.

Yo no sé si un abonado medio del Bernabéu sufre para pagar sus facturas, si todos los madridistas del mundo somos en realidad una ramificación del PP o si hay algún señor que al salir de la fábrica se dirija a casa con prisa para ver al Real Madrid, el muy gañán, como si no supiera que ser trabajador y madridista son conceptos incompatibles. No lo sé porque me aburre, me cansa, que el fútbol empiece a definirse por conceptos que jamás fueron importantes, como si no estuviéramos hablando, a fin de cuentas de veintidós cabrones dándole patadas a una pelota. Y allí abajo, en el césped, todos sudan, sangran y escupen igual, desde Cristiano Ronaldo hasta el jugador peor pagado de la 2ªB, en el Bernabéu o en un campo sin gradas de regional. El fútbol es fútbol, y no dejará de serlo, por más que los artífices de la retórica de la humildad se empeñen en cubrirlo con sus cursis historias de ogros y héroes.

PD: Y no, en un artículo sobre humildad no voy a hablar del FC Barcelona.

Imágenes: Realmadrid.com, Daylife.com, Cuatro.

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Una respuesta a La retórica de la humildad.

  1. Sr Rojo dijo:

    Muy buen artículo, me ha encantado leerlo y estoy totalmente de acuerdo contigo. Destacaria esta frase que me ha parecido grandisima, “La humildad, esa cualidad preciosa de la que muchos presumen sin darse cuenta de que, al hacerlo, automáticamente la pierden.”

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