Esteban Granero o la puerta cerrada.

“Jugar en el Real Madrid vale más que 800.000 euros.”

– Esteban Granero.

Ocurrió ayer mientras el equipo celebraba esa copa ganada, agónicamente, frente a un rival en inferioridad numérica. Los jugadores descartados –excepto Kaka’- bajaron al césped. A pesar de no haber disputado un solo minuto de la Supercopa, todos parecían sentirse parte de la victoria, uniéndose a los comedidos festejos mientras daban la vuelta al ruedo.

Todos, menos uno.

Cuentan algunos de los que estuvieron allí que parte del Bernabéu empezó a corear su nombre cuando le vieron aparecer, con los pantalones que hacen honor a su apodo, chanclas y la camiseta del Real Madrid encima de todo ese atuendo de hincha casual. Que quizá, es lo que sea de ahora en adelante.

Porque lo que está claro es que Esteban Granero nunca, jamás, dejará de ser madridista.

Esteban Granero dio la vuelta al estadio algo alejado de sus compañeros, sin rastro de alegría, recibiendo algún esporádico abrazo de despedida. La actitud de uno de los más exaltados madridistas de la plantilla resultó más definitiva que cualquier comunicado oficial. El Pirata se va. El mismo hombre que hace un mes declaró en una entrevista a la revista JotDown: “para mí el éxito es el Real Madrid. Este equipo significa éxito, no se puede tener más en ningún sitio.” Ese mismo jugador que se ha declarado en infinitas ocasiones madridista de alma y corazón, el que ha demostrado su fidelidad a los colores calentando la grada o la banca, dijo ayer basta, y recorrió el estadio con el inevitable aire nostálgico del que pronto se irá.

Su carrera en el Madrid no ha sido fácil ni sencilla. Siendo un líder en el vestuario del Getafe, lo abandonó todo al escuchar la llamada de su equipo, del Real. Perdió dinero y hasta bromeó jocosamente asegurando que habría firmado gratis, cuando su repesca parecía un guiño a la cantera, joven e ilusionante, sepultado entre las estratosféricas cifras de los Cristiano, Kaka’ y compañía.

Con Pellegrini empezó fuerte, pero se fue diluyendo. Alternaba titularidad con grada, jugaba en varios puestos, acabó siendo un jugador rutilante que no parecía saber lo que se esperaba de él. Aún así, aportó al equipo, y dejó detalles para la esperanza. Cuando llegó Mourinho, muchos tuvimos claro que una tutela enérgica y firme como la de Mou podría ser lo que aquel cada vez menos descarado Pirata necesitaba.

Con Mourinho, Granero jugó bastante menos, pero fueron minutos de más calidad. Se le retrasó, colocándole de pivote junto a –o sustituyendo a- Xabi Alonso. El jefe, como él mismo lo ha llamado, le indicó de forma clara lo que quería y lo que no quería: de esa forma Esteban, aunque con menos minutos, pareció ir progresando, ganándose el respeto de un estadio que previamente le había silbado en un sinfín de ocasiones.

La temporada pasada, Granero irrumpió con fuerza tras la lesión de Khedira, haciendo preguntarse al madridista de a pie si su presencia junto a Alonso no era justo lo que el Madrid llevaba años necesitando. Hubo un clásico en el Camp Nou en el que su entrada al campo revitalizó al equipo; después, casi todas sus actuaciones fueron de mérito. Su entrenador le elogió públicamente, y él terminó de ganarse a la afición demostrando que también sabía defender firmemente a su equipo con una alcachofa frente a las narices. El último tramo de liga le pilló sintiéndose importante; en Barcelona, Bilbao y Cibeles le vimos celebrar, más madridista que nunca. Uno más de nosotros.

En estos tres años de alguna titularidad esporádica, banquillo y grada, de vez en cuando se le ha preguntado que por qué aguantaba, que por qué seguía en el Madrid. Cuando estaba en el Getafe, su nombre empezaba a ser barajado para acudir a alguna convocatoria internacional en un futuro no muy lejano. Aquel día en el que perdió 800.000 euros perdió mucho más, pero él siempre respondía lo mismo. ¿Quién va a querer estar en otro equipo, pudiendo fichar por el Real Madrid? Lo que cualquier madridista habría respondido.

Esteban nunca se rindió, nunca se quejó, nunca reclamó que merecía más. Al revés, siempre apeló a la autocrítica, siempre eximió de culpa a su entrenador –a los dos que ha tenido- a pesar de que el trato que le han dispensado ha sido, obviamente, injusto. Jamás se le escuchó una palabra más alta que otra cuando volvía al banquillo tras haber demostrado que podía ser de mucha utilidad al equipo fuera de él. El Pirata siempre lo tuvo claro: mejor suplente en el Real Madrid, que estrella en otro sitio.

Por alguna razón, hoy Esteban se ha rendido, y su imagen ayer en el Bernabéu es como la postal final de una guerra; de una guerra silenciosa donde el héroe no pudo ganar, pese a que lo dio todo y más. Pese a que sacrificó sus mejores años de crecimiento futbolístico, a cambio de unos cuántos partidos y de un par de ovaciones.

Se va Granero pero se queda Lass: ese futbolista que se pasó una pretemporada entera por el forro, que amenaza con marcharse cuando no juega pero que, inexplicablemente, no se ha ido, posibilitando que Mou nos castigue la vista alineándole en el centro del campo y dando una muestra tras otra de su ínfima calidad. Se va quien pudo haber rotado perfectamente con Alonso y Khedira para evitar que el primero llegue fundido al último tramo de la temporada. Se va quien será necesario si Kaka’ también se marcha y Modric tiene que alternar con Özil –que no es precisamente un portento de aguante físico- en la mediapunta.

Se va quien ha hecho innumerables méritos para quedarse y que fue el líder de su equipo frente a todo un Barcelona en el Camp Nou. No se puede pedir más a Granero, pues ha hecho todo lo que ha podido y le han dejado.

Dijo José Antonio Camacho que un canterano debe derribar la puerta del primer equipo; Granero la ha desencajado varias veces de sus goznes, pero siempre se la han vuelto a levantar, cerrándosela finalmente en las narices.

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