Fabricando para otros

Hoy me he levantado con la “noticia” de que Juan Mata vestirá de blaugrana. Dejando a un lado los rumores o polémicas sobre si eso es cierto o no, yo quiero centrarme en la sección del madridismo que aún recuerda cuando Mata era Juanín y vestía no el blanco del Valencia sino el del Real Madrid. Esos que ahora mismo le llamarán traidor. Quizás sea así, o quizás los vikingos queden muy lejos tras años en las tierras de las naranjas y sólo sea un recuerdo de infancia. Quién sabe.

Recuerdo cómo hace años todos los niños que jugaban en un equipo de fútbol, ya fuera en campos de tierra con socavones donde podrían plantarse árboles, campos de cemento o de césped artificial, querían jugar en el Real Madrid. Cómo lo daban todo cuando jugaban contra las categorías infantiles (que no inferiores) de nuestro club esperando que alguien se fijara en ellos. Cómo de amargo era darse cuenta que esos sueños no se cumplirían.

Lo mismo eso ha cambiado. Los niños que yo recuerdo se habrían codeado con Arbeloa, Granero o el mismo Mata si hubieran sido llamados. Quizás habrían sido parte de ese Castilla que lo ganó todo y luego fue regalado como un trasto viejo porque eso no era suficiente. Da igual lo que ganen o lo que se esfuercen, sus títulos sólo se miden como un baremo de cuánto podremos sacar por ellos para así poder comprar al paquete de turno para que descanse tranquilamente en el cómodo banquillo del Bernabéu.

Así que, cuando decimos que Mata, que Negredo, que quien sea es un traidor, quizás debamos preguntarnos ¿quién traicionó el primero?

Los traidores en pleno odio a nuestros colores

Todos sabemos lo difícil que es triunfar en el primer equipo. Los niños los primeros. No hay sitios para todos esos jugadores que se fichan y se miman durante su juventud. Daría para mucho más que los jugadores que entran en una plantilla. Algunos deberían partir y otros se quedarán por el camino. Eso es así y es duro, pero lo que no es necesario es maltratar a nuestras joyas. Tratar a nuestro futuro como cromos o trastos viejos de los que deshacernos. Les damos ilusiones, les criamos, les mostramos lo que es el madridismo y a lo que pueden aspirar y luego les traicionamos. Luego nos extrañará que no vuelvan o que nos traicionen por el eterno rival.

¿Y los que vuelven? Esos por los que pagamos una pasta después de venderlos por una miseria y olvidarnos de ellos hasta que nos meten cuatro o  aquellos que se quedan y milagrosamente llegan al primer equipo. ¿Esos? Esos, automáticamente sufren la maldición del Templo y se vuelven unos paquetes que serán revendidos en cuánto el siguiente Ribéry se nos ponga a tiro tal y como reclama la afición.

Esa afición que no sabe quién tiene entre sus equipos inferiores o los records que baten hasta que son vendidos. Esos mismos que abuchean y luego se echan las manos a la cabeza cuándo ven que el mescunclú juega con varios jugadores de la Masia y triunfan. Cuando echan cuentas y ven cuántos canteranos aportamos a la Roja y cuántos realmente juegan con nosotros. Esos que reclamarán que vuelvan a casa para machacarles o ignorarles de nuevo.

Esa es la ley del Real Madrid. Es la Ley de la Selva elevada al infinito y con muchas más puñaladas. Por eso a mí no me extraña que haya jugadores que lleguen a odiar este club que amaron y les trató así. No serán todos. Siempre habrá quién tenga sangre merengue aunque le traten a patadas, pero serán los menos. ¿De qué sirve intentar inculcarles la nobleza y la historia de nuestro club si luego no los tratamos así? ¿Cómo hablar de honor blanco si no lo tenemos con ellos?

Por estos sacaremos lo suficiente para comprar la mitad de Ribery

Dicen que La Fábrica no funciona. Quizás por eso tenemos unos Juveniles que pueden hacer Triplete y hacer historia en nuestro club. Quizás por eso los equipos de Primera tienen merengues en sus filas, porque no tenemos cantera o la tenemos llena de malos jugadores.  Quizás por eso todavía los niños quieren jugar en el Real Madrid y se sientes orgullosos del escudo que llevan.

O quizás el problema es que no sabemos tratarles  ni valorar lo que tenemos, despreciándoles. Esa, en mi opinión, es la verdadera traición al madridismo.

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