Corazón blanco, ánimos grises.

Mucho (y, curiosamente, bien) se ha hablado, en términos generales y desde hace tiempo, de la afición madridista. Han corrido ríos de tinta hablando de su señorío, de su aprecio por el buen fútbol (sea de los suyos, sea del contrario). En la mente de todos están esas imágenes de mareas de gente abandonando el Bernabéu ante un mal partido o una derrota dolorosa, de los aficionados blancos aplaudiendo en pie a un buen contrario.

La afición llenándo eso que unos llaman circo y otros templo y que aqui, y por ser un poco neutrales, llamaremos simplemente el Bernabéu.

No es mi intención criticar esta actitud. Una de las cosas que nos enamoraron a muchos de este club fue su saber estar, su educación y su respeto ante los rivales; su autocrítica y su falta de autocomplacencia. Pocas veces se escucha (siempre que no hablemos de los infames periódicos mal llamados madridistas) que la culpa es de todos -de los árbitros, de la Federación, de San Pedro que es culé- excepto nuestra. Nada más lejos de la realidad: si el equipo hace un mal partido, si se pierde un título o una eliminatoria, las críticas irán y las iras cargarán contra el equipo, los jugadores, el entrenador y la directiva, inevitablemente.

¿Es eso algo positivo? Sólo hasta cierto punto.

Es peligrosa la afición que se regodea en su santidad y gloria, que se creen perfectos y piensan que todo lo malo es culpa de los demás: de los árbitros sesgados y tirando a mesetarios, de equipos que juegan para ganarles –¡Habrase visto! ¡Querer ganar!-, de los malvados conspiradores que sólo buscan desestabilizar el club… Nótese que no hago referencia a nadie (apenas).

Pero es igualmente peligrosa esa afición que jamás está satisfecha con nada. Aquella a la que la impaciencia de una mala racha o de unos resultados pocos satisfactorios para su gusto, le hacen volverse contra su propio equipo, convirtiéndose en su peor enemigo. Porque es fácil enfrentar las críticas y el desprecio del contrario, pero ¿cómo afrontar el desprecio de aquellos por los que estás dejándote la piel?

 

Recientemente, hemos tenido ejemplos de sobra de lo que una afición puede hacer por su equipo y de lo que la afición NO está haciendo por el Madrid.

Hemos podido ver a los culés revolviendo Roma con Santiago, alzándose en armas contra el equipo contrario, volcándose en apoyar a su equipo en una remontada casi imposible de todas las formas que se les ocurrieron (de su incapacidad para saber perder ya hemos hablado anteriormente, pero aquí prefiero centrarme en los aspectos positivos, que haberlos, hailos). Hemos escuchado los gritos colchoneros en el sagrado templo del Liverpool, los ‘Atleti, oé, oé’ reverberando por todo Anfield, capaces de hacer enmudecer a la afición del ‘You’ll never walk alone’.

No envidio a esos clubs, no envidio a esas aficiones, pero sí envidio, sin embargo, su espíritu de entrega. La pasión de darlo todo por su equipo de todas las formas posibles, de dejarse la voz animando, su inteligencia al usar la presión psicológica contra el contrario.

Sin embargo, ¿qué tenemos en el Bernabéu? Nuestro templo languidece bajo las miradas casi desinteresadas de aficionados que no son capaces de levantar el culo de su asiento ni para celebrar un gol, que pitan cuando los medios dicen que piten, que aplauden cuando los medios dicen que aplaudan, que desconocen lo que es tener opiniones propias y que van a ver los partidos de su equipo sólo porque se está más calentito comiendo pipas en el estadio que en un banco de la calle.

Cierto es que toda la afición no es así, y generalizar sería injusto. Hay forofos entregados, hinchas que dan el alma por su equipo y se dejan las manos aplaudiendo. Pero a estas alturas de la Liga, a estas alturas de una temporada que, lejos de ser perfecta, está siendo encomiable a nivel de superación y lucha, ¿qué se ve por parte  de la sección más visible de nuestra hinchada? Desidia. Desinterés. Y buenas dosis de cinismo.

Hace tiempo que el Real Madrid es más eficaz jugando fuera de casa. Hace tiempo que se ha perdido el factor de intimidación al contrario, que los equipos que acuden a nuestro estadio lo hacen con la indolencia de quien juega en casa. ¿Qué problema pueden tener Barça, Valencia o Athletic (por nombrar alguno) cuando los pitidos y los abucheos se los llevan los nuestros? ¿Cuando la presión, los gestos despectivos, van dirigidos a un equipo que, no se sabe si camina solo, pero desde luego lo hace bastante cojo?

La afición en el Bernabéu, cuando aún se tenía lo que hay que tener.

Este Real Madrid se merece nuestro aplauso. Se merece la ovación entera del Bernabéu, la admiración y el respeto que se debe a aquellos que no se han rendido ante nada ni ante nadie, que han encarado a cada enemigo y lo han hecho con orgullo, que han puesto en muy serios aprietos al (dicen) “Mejor Equipo de la Historia”, que se han dejado la piel por brindarnos a la afición una victoria compartida.

Se podría haber hecho mejor, mucho mejor, nadie lo niega. Llegará el tiempo, cuando acabe la temporada, de analizar, de valorar, de reajustar, de tomar decisiones. Y nadie duda que ese momento va a llegar, como siempre llega.

Pero ahora es el momento de hacer frente unido, frente común. De dar a nuestro equipo, a nuestros jugadores, a nuestro entrenador, todo el apoyo y el empuje de la afición, de aplaudirles cuando otros quieran quitar valor a lo que hacen, de reverenciarles por no rendirse, de animar hasta el último aliento y no ceder nunca a la desesperanza, igual que ellos no lo están haciendo.

El Real Madrid y sus jugadores han sido aplaudidos en el Ono Estadi, su arrojo y su poderío han sido reconocidos por los contrarios. Se ha aplaudido, no la camiseta del Real Madrid, sino la camiseta que lleva el buen fútbol, que lleva el espíritu de la competición, que lleva el alma del deportista que lucha por romper barreras, superar todos sus límites y acabar, vencedor o vencido, con el sentimiento de la deportividad y de haberlo dado todo.

Nosotros también debemos dar una ovación cerrada. Por todo eso y, además, por la camiseta y el escudo que todos queremos.

El próximo Sábado, ante el Athletic de Bilbao, nos jugamos en el Santiago Bernabéu la Liga. No dependemos de nosotros, pero gane o pierda el Sevilla, gane o pierda nuestro equipo, sea el momento de abrazarse y celebrar victorias o de consolarse en las derrotas, haya lágrimas de alegría o de tristeza en los ojos, yo espero ver al estadio en pleno en pie, a esas 80.000 almas blancas aplaudiendo a su equipo, olvidados los abucheos y los pitidos.

 

Sólo el sentimiento –común, honorable- de que merece la pena ser madridista.

Y la intención de demostrárselo a ellos.

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2 respuestas a Corazón blanco, ánimos grises.

  1. Andrea Bryan dijo:

    You’ve done it once again. Superb post!

  2. Richard Dees dijo:

    Hola, Ela
    Me ha hablado Zoy de ti y de vuestro blog madridista que, por cierto, me ha parecido muy bien escrito, tanto en el fondo como en la forma, lo cual no es muy frecuente en este mundo de Internet.
    He visto las personas que sigues en Twitter (coincidimos en Zoy, Dani Mateo y Ángel Martín) y quería recomendarte @soymadridista así como el foro http://www.soymadridista.com Vuestro sentido común y vuestro madridismo seguro que le sentarían bien. Hay muchos de esos que vosotras definís muy bien como “merengones, nuestro peor enemigo”.
    Un saludo

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